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Tener dinero sube la autoestima

«Tener dinero sube la autoestima». Eso me dijo un colega hace tres semanas y otro hace dos. No se conocen de nada, pero ambos lo tienen clarísimo. Y, cuanto más dinero, más autoestima tienes. Parece que es algo exponencial. ¿Puede ser?

A veces soy descreída respecto al poder del dinero. Otras soy plenamente consciente de la libertad de movimientos que otorga. Si lo miras desde un punto de vista analítico, desprovisto de cualquier punto de vista emocional sobre lo que implica el dinero, se trata tan sólo de disponibilidad de recursos. Y sí, la abundancia de recursos, bien gestionados, proporciona una mayor capacidad de generar riqueza, en el amplio sentido de la palabra.

Para mí, dinero significa posibilidad de gestionar recursos para conseguir más de algo: más riqueza, más tiempo, más poder, más libertad, más comodidad, más estatus, más… de lo que se te ocurra, incluso autoestima.

Porque la autoestima está hecha de muchos ingredientes, entre ellos está el estatus, el reconocimiento, la autoconsciencia, la competencia, la libertad, el poder. Tú puedes hacer crecer tu autoestima, pero también dependes de los demás para que ésta tenga buen estado de salud. Y es bien sabido por todos que, si cuentas con los recursos suficientes, tienes la atención de los demás casi asegurada.

Hay personas que son unos cracks a la hora de conseguir recursos, pero son un desastre a la hora de gestionarlos. Como dicen en mi pueblo, el dinero en sus manos es como agua en un cesto: se escurre por mucho que entre. Otras personas son increíblemente eficientes gestionando recursos, aunque consigan muy pocos. Ahí tengo de ejemplo a la abuela de mi marido, que tenía pensión para 12 personas en su apartamento de 36 metros cuadrados en Tetuán.

Mi foco está en ser una buena conseguidora de recursos a la par que una buena gestora de éstos. Hacer más con lo que hay, y hacerlo crecer de forma exponencial. Creo que ahí está la magia de los negocios. Y el secreto del dinero.

«Dinero llama a dinero» y «No me des, ponme donde haiga» dice la sabiduría popular. ¿Hay algún refrán que vincula el dinero con la autoestima? Seguro que sí. Eso lo saben bien mis colegas, que tienen la autoestima por las nubes.

 

 

No confundas la pasión y perseverancia con tozudez

De Michael Jordan nadie duda que es un tío que pone toda su pasión en lo que hace y que no se rinde ni a la de tres. Seguro que sabes de aquel partido en el que jugó incluso con 40 grados de fiebre. Yo no soy nada de ver partidos de NBA y me conozco la anécdota al dedillo. Era (es) un tío pasional a tope y, sobre todo, perseverante. Sabía que era el mejor y, pese a ello o incluso por ello, no paraba de hacer todo lo humanamente posible para mejorar y ser aún mejor y mejor.

¿Es Jordan una persona tozuda? Estoy segurísima de que sí. Absolutamente. Terco como una mula, como se suele decir. Aunque preferiría decir «determinado», es decir, una persona con una meta clara en su mente y que trabaja minuto a minuto para llegar a ella.

No se lleva muy bien el ser una persona terca, obstinada o determinada. Sin embargo, todos celebramos cuando alguien triunfa «casi sin esfuerzo». ¿Realmente existe eso?¿Se puede conseguir el éxito como si nada?¿Es el éxito fácil de llegar y el que se esfuerza es que es un panoli?¿O es el éxito una idea relacionada con una meta difícil a la que se llega con pasión y con perseverancia?

Seguro que, si has llegado a leer hasta aquí, tienes clara cuál es mi postura: Un rotundo SÍ a la última pregunta. Un SÍ a que el éxito es una idea relacionada con una meta difícil, a veces imposible, a la que se llega con pasión y con perseverancia.

Y hace unas semanas me enteré que esa tozudez pasional o esa pasión perseverante se llama GRIT. Te dejo la charla TED de Ángela Lee Duckworth en el que habla sobre este tema, aunque yo preferí leerme el libro de cabo a rabo. (Gracias Luis por recomendármelo). Me gustaría no contarte mucho del libro para que te lo leas a gusto, pero sí lo suficiente para que te pique el gusanillo y te lo leas, que seguro que te va a interesar.

El fondo del asunto es que la pasión y la perseverancia con la que se afronta una actividad es más garantía de éxito que el talento que se tiene para llevarla a cabo. Vamos, el «más hace el que quiere que el que puede» de toda la vida. La novedad para mí fue la rotundidad de los fundamentos psicológicos con los que apuntala este ¿nuevo? constructo psicológico. ¿Realmente es la primera vez que alguien habla sobre ello?¿O es la primera vez que se le pone una palabra concreta a algo que se suele describir con más de una?¿O es que alguien necesitaba darle rigurosidad a una idea que estaba en el aire?

Sea como fuera es que este libro me gustó y, sobre todo, me pareció muy útil para cientos y cientos de cuestiones de mi vida: como explicar el por qué de muchos de mis éxitos y mis fracasos, como entender más sobre cómo educar a mis hijos o tratar a mis amigos, como conocerme más y estar más segura de mí misma.

Merece la pena tener grit. Merece la pena desarrollar el grit de cada uno, tanto si ya tienes mucho como si tienes poco. He llegado a la conclusión de que, de grit, nunca se anda sobrado. Puedes tener tanta pasión y perseverancia como quieras. De hecho, deberías querer tener un montón. Por eso no las confundas con la tozudez, que suele estar llena de orgullo y cerrazón mental. La tozudez tiene el vicio de llevarte por mal camino, sobre todo aquel que te aleja de otros y de las buenas ideas. Sin embargo, la pasión y la perseverancia llevan implícitas las ganas de mejorar, escuchar, aprender, superarte, ver más allá, crecer y acompañarte de otros.

De nuevo te recomiendo que no confundas la pasión y la perseverancia con la tozudez. A veces, desde fuera, parecen lo mismo. Pero el camino al que llevan es diferente y, desde luego, la vivencia no tiene nada que ver.

 

PODEMOS cae bien porque parece que escucha.

Podemos cae bien porque parece que escucha

Si quieres que alguien te haga caso, sólo tienes que escucharle un rato tú primero. El ABC del buen seductor.

Seguro que conoces a alguien que «es muy competente», pero a nadie le cae bien «porque es muy estirado». Y también seguro que conoces a alguien que «bueno, no es un lumbrera», pero «es un gran tipo». La principal diferencia entre pertenecer a un grupo o a otro está en la capacidad de escucha que tenga el individuo. O, al menos, en la capacidad en fingir que está escuchando.

Escuchar te hace parecer más atractivo, más buena persona, mejor profesional. También te hace tener mayor credibilidad, ser más simpático y que la gente quiera estar contigo. Escuchar hace magia pues, en un metabucle, hace que, después, la gente te escuche a tí también. Cuentes lo que cuentes.

Los buenos comerciales se saben eso al dedillo. Por ello, lo primero que te dicen es una pregunta sobre algo de tí que tenga el punto justo de profesional y de personal. Algo en lo que puedas lucirte, pero que no sea algo íntimo. Algo en lo que te sientas cómodo, a gusto. De lo que sabes que podrías dar un simposium en cualquier momento y lugar, ante cualquier tipo de público. Algo…»de lo tuyo». Una vez que tienen tu atención, saben que les vas a caer bien, que dirán de tí ante cualquiera que «eres un buen tipo», «la leche de majo», » de los que saben mucho de lo suyo», «alguien en quien confiar». Te invito a que pruebes a hacerlo durante un día entero y que compruebes el efecto que tiene. Las personas de tu entorno te dirán eso de «qué buen día tienes» y»hoy estás muy contento». Incluso, si lo haces a menudo, algunas personas se vincularán a tí más estrechamente. Toma nota y practica. Luego me cuentas.

En marketing eso es el santo grial. Que el cliente se sienta escuchado para que te cuente qué necesita, y luego tú le puedas «ayudar» con tu producto o servicio. Así es la vida. Todos somos humanos, y unos conocen mejor las estrategias para que la gente caiga a sus pies. Es una de esas cosas que los líderes carismáticos hacen sin querer. Sin querer, hacen que las gente les quiera porque se sienten especiales, comprendidos….ESCUCHADOS.  Y, como dice un amigo, «somos fieles a los que amamos».

Ayer fue día de elecciones. Después de votar, tuvimos una comida familiar y hablamos de política. En la mesa había personas de todos los partidos, menos de Podemos. Una socialista de carné a la que adoro y respeto, apoderada en varias mesas electorales ayer mismo, me decía que no podía discutir de política con sus amigos morados porque «no atienden a razones. Votan con la emoción». Y ahí voy. Ahí aplico lo que llevo diciendo en estas líneas anteriores.

Somos fieles a los que amamos. Y amamos a los que nos hacen sentir escuchados (eso no significa que nos estén escuchando realmente, sólo tenemos que sentirlo así). Ahí radica el éxito de Podemos.

Podemos hace que las personas se sientan escuchadas a nivel individual y a nivel colectivo. Por eso caen bien.

A nivel individual a través de los Círculos, donde cualquier persona es bienvenida a decir lo primero que se le pase por la cabeza. Donde su espíritu asambleario permite ser escuchado, lo que se traduce en un vínculo emocional hacia el que te escucha. A nivel de partido, tienen un mensaje machachón de que son los que escuchan a la «voz del pueblo». De nuevo, las personas que lo escuchan a través de la TV se sienten escuchadas. Paradójico pero real. Es una estrategia marketiniana perfecta. No tiene un pero. Chapeau.

La cuestión es que, cuando te sabes el truco, pues le ves los hilos a las marionetas, el cartón al escenario, y no te crees nada de lo que escuchas, por mucho que la otra parte se empeñe en fingir que tienes toda su atención. En vez de oir cantos de sirenas, lo que escuchas son los intentos de seducción de un tipo cualquiera contando unas historietas increíbles. Los violines no suenan por mucho que la otra parte se empeñe y la magia no llega a surgir. Imposible. Es el antídoto contra este truco de venta más viejo que los caminos.

Personalmente no me gustan los seductores, prefiero valorar si es o no un buen partido por mis propios medios, comparando con el resto de la oferta de la manera más racional posible. Prefiero dejar las compras compulsivas y emocionales para el último disco de U2.

 

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  • 21 diciembre, 2015

Del voto secreto al voto social: Big Data para ganar unas elecciones

voto y Big Data

No me enteré de a qué partido votaban mis padres hasta que fui mayor, mayor. Y no fue por no preguntarlo, que lo hice cuando era adolescente. La respuesta fue «el voto es secreto». «Pues nada, será cosa de cada uno, como el cuándo nos cortamos las uñas de los pies».

Está claro que hoy en día el voto sigue siendo secreto, pero nadie (o casi nadie) quiere que lo sea. Cantamos a diestro y a siniestro cuál es nuestro partido político favorito y, sobre todo, cuál es el que recibe nuestro máximo desprecio. Para mí, la comunicación abierta de las preferencias políticas es un síntoma de una sociedad madura y avanzada, donde cada cual piensa lo que quiere, sin mucha vergüenza a decirlo.

Vertemos nuestras opiniones políticas a la red igual que lo hacemos en la cena de Nochebuena. Las redes sociales habituales son el canal más utilizado. ¿Quién recoge esas opiniones tan «valiosas»? Pues los partidos políticos y los medios de comunicación se afanan en hacer escuchas en las redes sociales para poder medir su influencia, si están cayendo bien sus propuestas ante la ciudadanía; o para evaluar el calado del mensaje político por el que están apostando en ese momento. Esto es una manera avanzada de hacer lo que antes también se conseguía de forma rudimentaria tomando un par de chatos en el bar del barrio y escuchando lo que decía la gente mientras echaba la partida: escuchar lo que piensan los ciudadanos.

La campaña que llevó a la Presidencia de los Estados Unidos a Barak Obama en 2008 marcó un antes y un después en la relación ciudadano-partido político. Seguro que algunos conocéis el caso, pero fue pionero en la utilización de modelos matemáticos y estadísticos para conocer bien al posible votante. Se llegó a conocerle tan, tan bien, que posibilitó un mensaje totalmente personalizado para cada persona. Y ya sabes que no hay nada más convincente que un mensaje personalizado.

Desde aquellas elecciones en 2008, muchos partidos han incorporado el análisis de datos para definir su estrategia de marketing. La utilización de Big Data en campañas políticas ya no es nada extraño. En Reino Unido y en España lo hemos visto en este mismo 2015 en varias ocasiones.

La cuestión clave que quiero dejar claro en este artículo es que lo que se suele hacer es escuchar al POSIBLE VOTANTE a través de las redes sociales (Facebook y Twitter personalmente), pero hay un filón que se está desaprovechando, y es la de escuchar al propio AFILIADO. Este enfoque que propongo es escuchar primero al cliente interno del partido, al que conoce la organización, el que se preocupa por conseguir más votos, por trabajar desinteresadamente con el objetivo de conseguir más representación política para provocar cambios en la sociedad.

El enfoque orientado al afiliado no es común. Por lo que conozco, los partidos se preocupan más de «quedar bien» frente a los de afuera que en cuidar y mimar a los de dentro. No es el único tipo de organización a la que le pasa esto. Seguro que alguna más se te viene a la cabeza, ¿Verdad?

Tenemos claro lo importante que es la comunicación interna. El que más y el que menos sabe que, cuando nadie sabe qué es lo importante, todo es un desastre y un «sálvense quien pueda». Una organización, política en este caso, que tenga una organización clara, con sus afiliados vinculados y comprometidos y con un mensaje íntegro que divulgar sin fisuras y con convencimiento, es una ventaja competitiva clara y que puede suponer ganar unas elecciones.

La gestión y la expansión de un partido político se basa en unas pocas cuestiones claves: el mensaje político, que refleja las ideas, los valores, la estrategia del partido; las personas que están vinculadas a la organización (afiliados y simpatizantes), que dedican su esfuerzo para que ese mensaje llegue a las personas adecuadas; y las relaciones entre las personas, que están fuertemente condicionadas por la comunicación.

Un partido orientado a las personas y a retener el talento que tenga un mensaje válido e íntegro, conseguirá la confianza de la ciudadanía, que se traducirá en un compromiso hacia su programa electoral manifestado en el voto.

Por tanto, se me antoja absolutamente imprescindible orientar el partido «hacia adentro», para que sean los propios afiliados los que expandan el mensaje «hacia afuera», dotándolo de credibilidad y confianza. Está claro que este ejercicio no se puede realizar sin conocer antes la organización y confiar en las personas que la forman, con transparencia y honestidad.

De nuevo, la gestión de las personas, de las comunicaciones y de las relaciones entre ellas se puede hacer con tecnología Big Data. Concretamente, con análisis de redes sobre bases de datos de grafos. Esta tecnología aporta conocimiento de mucho valor sobre la organización interna del partido y sobre las estrategias de marketing político a seguir para trasmitir el mensaje adecuadamente a la sociedad.

Personas, comunicación y tecnología como la clave para el crecimiento de un partido político. No es ciencia ficción, te lo prometo.

Google influye en tus decisiones. ¿Te dejas manipular?

manipular

Un estudio revela que nuestro voto se puede manipular a través de los resultados de un buscador de Internet.

Hace unos días, uno de los principales periódicos nacionales se hacía eco de los resultados de una investigación del Instituto Estadounidense de Tecnología e Investigación de la Conducta. En ese estudio se simulaba un buscador de Internet como Google y se manipulaba de tal modo que los resultados de la búsqueda se ordenasen de forma diferente según los deseos de los investigadores. ¿Qué era lo que querían contrastar? Querían saber si el amaño realizado en los resultados de búsqueda influían directamente en el voto de las personas. Si el voto se podía manipular.

En este artículo de El País puedes leer el detalle de la investigación. Creo que a nadie soprende demasiado el resultado. La conclusión del estudio es que sí, que nuestro voto es manipulable por medio de Google. Lo que quiero tratar en este post son los siguientes temas: ¿Por qué??¿Podemos hacer algo para solucionarlo?

[bctt tweet=»Nuestro voto es manipulable por los resultados de Google. ¿Por qué?¿Podemos evitarlo?»]

Parto de la siguiente hipótesis: las personas somos menos manipulables cuanto más aplicamos el razonamiento. Es decir, cuanto más pensamos, más críticos somos. Al ser más críticos, pues somos más autónomos y tomamos mejores decisiones. ¿Estás de acuerdo? Ahora bien, ¿pensamos mucho la mayor parte de nuestro tiempo?

La Psicología ha demostrado que las personas pensamos en nuestro día a día utilizando heurísticos. Esta palabreja se refiere a unos atajos cognitivos, de pensamiento, que nos hacen NO tener que pensar en profundidad cada una de las cosas que hacemos en nuestro día. Estos atajos nos ahorran energía. La mayor parte de las veces funcionan, aunque muchas parecen escopetas de feria.

El efecto halo es un heurístico. Lo que hace es que, si sabemos algo positivo de algo o de alguien, pues ya extendemos ese efecto positivo al resto de la cosa o de la persona. Por ejemplo: si alguien nos abre la puerta al pasar, pues ya pensamos que es una buena persona aunque no tengamos más datos para hacer un análisis más riguroso. Las personas atractivas se ven beneficiadas también por el efecto halo que causan en los demás, pues les extendemos esa «gracia» a todos los demás ámbitos de su vida.

Otro heurístico que me encanta es el de «falso consenso». Cuando utilizamos este atajo de la mente, pensamos que nuestra opinión es la mayoritaria, es decir, que «lo normal» es que los demás piensen lo mismo que nosotros. También nos refugiamos en la opinión de la mayoría cuando no tenemos las cosas muy claras. Pensamos que la mayoría no puede estar equivocada (al menos muy equivocada, algo de razón tendrá).

Me he liado a hablar de los heurísticos porque tienen una gran importancia en el marketing, ya sea en el empresarial o en el político. Estos justifican los grandes esfuerzos de las marcas y de los partidos políticos para posicionarse en buscadores, como Google.

Un ejemplo es lo que ha ocurrido recientemente con Manuela Carmena. Esta señora era una completa desconocida tan sólo unos meses antes de las elecciones del 25-M. No teníamos grandes datos sobre ella para poder decidir si sería una buena alcaldesa o no. Nada, no teníamos nada. Era la situación ideal para poner la maquinaria marketiniana en marcha y aprovecharse de los heurísticos mentales.

Cuando se comenzó a hablar de Carmena, se destacó que era jueza. Eso desató ya nuestro primer atajo, el del «efecto halo». Por muchas cabezas pasó una idea parecida a «Si es jueza, es que sabe mucho y que seguro que es buena persona». El tener una carrera en el ámbito de la justicia y una edad avanzada le permitió que no se analizasen otros aspectos que podrían ser claves para su competencia como alcaldesa. Por ejemplo, su capacidad gestionando equipos multidisciplinares.

Las campañas de marketing comenzaron a hacer su efecto y Carmena voló a las primeras posiciones de los buscadores. El «falso consenso» comienza su camino. El pensamiento es del tipo: «si esta señora es jueza, seguro que es buena persona y justa. A mí me gustan las buenas personas y justas, así que seguro que todo el mundo la vota». Si, además vemos que la gente habla de ella, entonces el círculo comienza a cerrarse y la gente comienza a buscar en Google, lo que hace, a su vez, que esté mejor posicionada. Los que van llegando en búsqueda de información se encuentran con este nombre entre las mejores posiciones, con lo que afianzaremos nuestra idea de que es una persona muy valorada. Nuestros heurísticos siguen trabajando, aliviando el peso de nuestro pensamiento y permitiéndonos cometer ¿errores?. Al menos, imprecisiones.

Estos mismos efectos son algunos de los que se busca en marketing cuando se vende un producto. Una campaña exitosa busca activar los heurísticos que más le beneficien, además de poner en juego la mayor cantidad de emociones positivas posibles. Si lo consigue, el éxito está entre las manos. Hace sólo unas semanas que salió la última película de Pixar, que precisamente habla de las emociones. El posible cliente se ve bombardeado por publicidad en múltiples medios (tantos como se puedan pagar: TV, radio, prensa, carteles en marquesinas de bus, videojuegos gratis para niños, etc) que hablan de lo buena que es la película. El efecto halo y el del falso consenso se combinan formando una mezcla potentísima: «Si es de Pixar, seguro que es buena. Además, todo el mundo dice que es la mejor de los últimos tiempos. Tengo que ir a verla, seguro.» Ya está la venta hecha.

Creo que ya ha quedado claro el hecho de que nuestra vaguería mental, que tantas veces nos saca de muchos apuros juzgando acertadamente, son muy falibles cuando los asuntos tienen mayor profundidad. En ese caso no deberíamos utilizar estos caminitos para llegar a nuestras conclusiones. ¿Cómo lo hacemos? Pensando, pensando y no abandonándonos a los heurísticos.

En los asuntos de calado (como la decisión del voto) o de importancia estratégica (a dónde dirigir nuestra empresa) las decisiones óptimas se toman disponiendo de la mejor información, conociendo en profundidad el problema y analizando a fondo las opciones posibles.

En los asuntos políticos, el hacer un seguimiento del candidato, leer bien el programa electoral, investigar lo que ha hecho ese partido político en otros lugares, nos ayudará a tener una mayor claridad acerca de cuáles son las opciones que mejor se acercan a nuestros intereses. Con toda esa información en la mano, podremos alejar a nuestros heurísticos (que estarán ahí intentando tomar el poder). El análisis detallado de las posibilidades nos hará estar seguros de que hemos tomado la mejor opción.

En la empresa ocurre lo mismo. Para decidir bien se necesita buena información. Sin atajos. Tomándose su tiempo en recompilarla, almacenarla, recuperarla, analizarla y convertirla en conocimiento. De ahí saldrán las buenas decisiones. Ahora hay mucha tecnología al servicio de la información, desde los CRM que ayudan a la empresa en el día a día, hasta los avanzados análisis de business intelligence o Big Data.

Pero, independientemente de si te gusta utilizar tecnología o prefieres el papel y el lápiz, lo que te recomiendo es no dejarte llevar por las apariencias, los posicionamientos en buscadores, o los atajos de tu cerebro. Decide bien. No te dejes manipular (sino quieres, claro).

El marketing político es bueno para un partido, de verdad de la buena

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Este post, el primero de muchos que voy a escribir, va dedicado al marketing político. El disparador de este post fue una noticia política publicada ayer. El partido protagonista es UPYD. Mira que ya es poco protagonista de nada, pero en este caso puedo decir que fue el motivo de mis desvelos.

«UPYD no es un partido de moda pasajera y no hacemos marketing político» dice Águeda Arranz, nuevo componente de el CD del partido, en un medio de comunicación. En la entrevista repite la idea en varias ocasiones, supongo que consecuencia de la profunda animadversión que le produce el concepto. Habla de varias cosas más pero lo que deja claro, clarísimo, es que en UPYD no se hace marketing político.

Nube de palabras marketing político

marketing político

No voy a negar que mi primer pensamiento fue que, vista la situación actual del partido y su previsible futuro, es obvio que no lo han hecho durante mucho tiempo, pero me gustaría aventurar cuáles han sido los motivos para tan profundo rechazo.

Antes de nada dejadme decir que pertenecí a UPYD durante cinco años, pero que mi reflexión nada tiene que ver con mi experiencia personal y sí con mi visión del concepto de marketing político. Por lo tanto aplico esta misma reflexión a cualquier organización política, sea del signo que sea.

Para el que necesite saber en qué se diferencia el marketing político del marketing de toda la vida, la respuesta es la obvia: se trata de aplicar las estrategias de marketing para «vender» una ideología, un programa o un candidato. Así lo dice Javier Barranco, autor del libro «Marketing político» al que conozco y respeto.  Es decir, se trata de vender expectativas, logros futuros en materia política.

Seguro que la palabra «vender» es lo que rechinaba a Águeda Arranz, pienso que igual que a muchos de la actual directiva de UPYD. Supongo que entienden que vender significa manipular la mente del elector de una manera inconsciente y malévola con el objetivo inmoral de condicionar el sentido del voto.

Desde luego, mi opinión es claramente opuesta y parte de la premisa de que para vender lo que hay que hacer es comunicar, informar, transmitir las bondades de tu producto, perdón, proyecto político. Para vender necesitas conocer bien a tu público, escucharle, saber lo que quiere, lo que necesita, aunque no te lo diga expresamente. Hay que leer entre líneas para separar lo que las personas decimos de lo que hacemos porque, ya sabes, «tus hechos hablan tan alto que no me dejan oir lo que dices».

El marketing se ocupa de eso, de conocer a las personas, de separar el grano de la paja para extraer la información importante que nos ayuda a saber qué es lo que necesita de verdad la persona (o votante) que tenemos delante. Cuando sabemos eso, traducimos nuestro proyecto (producto) a un lenguaje que nuestro interlocutor pueda y quiera entender. La comunicación es clave, y para ello tienes que ponerte en la piel del otro, escuchar, asimilar, elaborar y comunicar. Después de un largo y empático proceso, crees que ya sabes cómo curar los dolores de los otros, cómo hacerte entender para decirle que sabes solucionarlos, y es a partir de ese momento cuando ya te queda realmente trabajar para cumplir con las expectativas.

Queda claro que el marketing político forma parte, está entremezclado, es íntimo, al proyecto político, a la organización de un partido, y a la puesta en marcha real de las propuestas que, en un inicio, sólo eran la idea de unos cuantos.

Mi consejo no solicitado, para los responsables de UPYD, es que abracen el marketing político antes de que sea demasiado tarde para ellos. Que dejen caer la venda de prejuicios que les enturbia la visión de ese concepto y que intenten abrazarlo. Mejor tarde que nunca.