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La elección de no elegir

Mi hijo pequeño me preguntó: «Mamá, ¿Qué es lo que no se te da nada bien?». Le respondí lo primero que se me vino a la mente: «Hacer deporte, cariño». Él me dijo: «A mí se me da fatal elegir».

Cualquier adulto piensa que los niños de 7 años tienen poco que elegir cada día. Sin embargo, Miguel cree que él tiene que elegir mucho y, además, es consciente de la dificultad que ello conlleva.

Elegimos desde pequeños si nos gusta la tarta de galleta o la de almendra;

si preferimos jugar a las muñecas con niñas o a la pilla con los chicos;

si pasamos la tarde delante de la TV o vamos a la plaza;

si nos portamos bien en el cole o si nos gusta desafiar a los profes haciendo algo de lío;

si comemos los garbanzos sin rechistar o si peleamos por el filete;

si hacemos caso al macarilla que bebe a los 12 o si pasamos de él;

si nos volvemos locos por la moda o si tenemos nuestro propio estilo;

si elegimos letras o ciencias puras;

si estudiamos en nuestra ciudad o nos vamos a la capital;

si nos comprometemos jóvenes o nos gusta Peter Pan;

si creamos nuestra familia o nos rodeamos de amigos;

si criamos hijos o nos volcamos en el trabajo;

si ahorramos o viajamos;

si soñamos o nos acomodamos;

si somos felices o perseguimos la felicidad.

Aunque no queramos elegir, no nos queda otro remedio. De hecho, no elegir es una elección.

Nuestra vida es el resultado de nuestras decisiones aunque no seamos conscientes de ello. Mi hijo pequeño parece que lo ha aprendido pronto.

Mejor vamos todos a una

inteligencia general y emocional

Ana está centrada en disfrutar las vacaciones en el pueblo. A Cristina le preocupa su proyecto fin de máster más que otra cosa en el mundo. Antonio está pendiente de su inminente mudanza. Laura quiere tiempo para sus amigos. Manuel tiene deudas su mente está ocupada por la cantidad de euros que pueda conseguir lo más rápidamente posible. Lourdes tiene como único objetivo mostrar su valía frente a su padre, demostrándole que puede vivir con sus propios recursos. Yo sólo quiero disfrutar de los míos, tener libertad y aprender mucho de la infinitud de cosas interesantes que descubro cada día.

Somos todos tan parecidos y, a la vez, tan diferentes. ¿Somos capaces de trabajar todos hacia el mismo objetivo y conseguir formar un equipo de alto rendimiento?

La inteligencia general ha sido tradicionalmente uno de los mejores predictores del desempeño laboral. Para dejar a un lado el eterno debate que diferente a «los inteligentes» de «los listos», me iré a la definición de Sánchez-Elvira (2003) donde expone que «la inteligencia incluye la capacidad de adquirir y aplicar los conocimientos, la facultad de pensar, razonar y de comprender las propias experiencias y sacar provecho de ellas».

La inteligencia real es un mix entre las habilidades  del «ratón de biblioteca» y el «espabilao».

La relación entre la inteligencia general y el rendimiento no es directa. Para que alguien realmente sea efectivo en el trabajo, no sólo tiene que ser inteligente. Además, tiene que tener conocimientos de su trabajo (conocimiento declarativo), tiene que saber «cómo se hacen las cosas» (conocimiento procedimental) y, además, tiene que querer hacerlo, es decir, tiene que estar motivado.

La inteligencia de una persona predice mucho de su rendimiento en su puesto de trabajo, especialmente en aquellos trabajos que requieren más conocimientos, razonamientos y toma de decisiones. Pero esto no quiere decir que sólo las personas realmente inteligentes pueden desempeñar bien su trabajo, lo cual queda bastante lejos de ser cierto. Por suerte para todos, hay otras variables que intervienen en la predicción del rendimiento. Una de las importantes: la personalidad.

El modelo actualmente más reconocido para evaluar la personalidad se basa en los Big Five. Las dimensiones de este modelo son:

  • Neuroticismo: Preocupado, inseguro, consciente, temperamental. Incluye aspectos ligados al malestar psicológico al afecto y a las emociones negativas como ansiedad, depresión, angustia y desconcierto.
  • Extraversión: Sociable, amante de la diversión, amistoso, hablador y afectuoso. Tiene gran importancia la sociabilidad. También tiene asociada la asertividad, el nivel de actividad y el buen humor.
  • Apertura a la experiencia. A veces es difícil distinguirla de la inteligencia. Original, imaginativo, de amplios intereses y atrevido.
  • Conciencia. Responsable, prudente, controlado. Desde el punto de vista positivo es alguien con control de sí mismo, respetuoso, cuidadoso y planificado.
  • Agradabilidad. Desde el punto de vista negativo implica ser irritable, crítico, cínico, vengativo e insensible.

Todos tenemos un poco de todas estas dimensiones, pero también tenemos una en la que destacamos más. Esa es la que define nuestra personalidad.

Resulta que la Conciencia y la Estabilidad Emocional (lo contrario del Neuroticismo) , junto con la ingeligencia general, permiten predecir el 100 % del rendimiento (Schmidt y Hunter, 1998).

Teniendo en cuenta que la Conciencia y la Estabilidad Emocional son algunas de las competencias emocionales individuales descritas por Goleman (1995)…¿Una persona inteligente, íntegra, que conoce sus emociones y las controla, motivada, empática y con habilidades sociales es la empleada perfecta? ¿Es ese mirlo blanco el que se busca en los procesos se selección en todas las empresas?¿Hay suficientes unicornios arcoiris para satisfacer tanta búsqueda?

Personalmente conozco a poquísimas personas que aúnen tantas competencias y, sin embargo, conozco bastantes profesionales brillantes que día a día hacen realidad los proyectos en los que participan. Entonces, ¿Qué es lo que falta en la ecuación? A mi modo de ver, echo en falta en los procesos de selección la inclusión de la cultura de la empresa y de las oportunidades que brindan las sinergias entre personas.

Creo que no se trata de buscar a la persona perfecta, pues la extrema dificultad de tal hazaña llevará a la frustración y a la desesperanza. Creo que lo importante es buscar a la persona que, con su conjunto propio de habilidades, complementen a las del resto del equipo para conseguir, entre todos, esa «magia» que hace que sea increíble formar parte de un equipo sólido y ganador.

 

Sólo quiero hacer lo que me gusta

hacer lo que me gusta

Cada cierto tiempo releo, por puro gusto, el paper de la Teoría de la Autodeterminación de Deci y Ryan. A pesar del título rimbombante, el artículo expone una de las teorías psicológicas que más utilidad tienen en la vida diaria por el tema que trata: LA MOTIVACIÓN.

Te invito a que te leas el texto de esta teoría completa, esperando que te ilumine tanto como a mí. Pero entiendo que seguramente no lo vas a hacer, así que voy describir lo más importante, un resumencillo.

Imagínate una línea que va de izquierda a derecha. En el lado derecho tienes la motivación intrínseca, que es «eso» que sale de adentro y que te empuja a hacer lo que te gusta. Tu madre diría eso de «anda, que si te lo mandaran…» ante tus ganas de hacer cajas de talla de madera después del trabajo; de tostarte durante 5 horas como un lagarto en la playa; de ver cuatro partidos de fúlbol americano a la vez en la tele; de correr por el monte nevado; o de leer cien veces la teoría de la Autodeterminación. No son cosas que gusten a todo el mundo. Ni falta que hace, porque lo único que te importa es que te gustan A TÍ.

Pero no todo lo que hacemos nos gusta hacerlo, aunque soy de las que sólo quiero hacer lo que me gusta. No, a diario ponemos la lavadora, vamos a la compra, pagamos las facturas de la luz y del gas, vamos a lavar el coche e, incluso, a hacer un papelote a Hacienda. En esos casos pensamos que no hay dinero en el mundo que merezca la pena tener que hacerlo. Y, aún con esos pensamientos, lo hacemos. Lo hacemos porque sabemos que las consecuencias de no hacerlo no nos hacen ningún bien. No nos gusta ir con la ropa sucia, ni pasar hambre, ni ducharnos con agua fría ni, por supuesto, pasar un miedo del demonio ante la administración pública. Otro tipo de motivación entra en juego en estos momentos y es el lado izquierdo de aquella que te pedí que imaginases. Es la motivación extrínseca. Es el miedo a perder, a que nos castiguen, a no ganar.

Entre un extremo y el otro hay varios tonos de grises. No sólo existe el miedo al castigo y el hago lo que me da la gana. Entre medias hay una gama de «esto lo hago porque mi cliente luego me va a comprar más»,  «me gusta cómo me siento cuando alguien me dice que ha leído mi artículo» y «estoy de acuerdo con reciclar más porque creo que es necesario cuidar nuestro medio ambiente». Estas medias tintas son conductas motivadas extrínsecamente pero donde nosotros participamos y nos creemos que hay que hacerlo de esa manera.

En todos los trabajos que se me vienen a la cabeza es necesario tener en cuenta la motivación, tanto la propia como la de los otros. Tanto si eres profesor de colegio, como CEO de una empresa eléctrica, o trabajas en una cadena de montaje…conocer a fondo qué te motiva y qué motiva a los otros marcará la diferencia entre tener una vida más agradable o, en el peor de los casos, vivir en el puro infierno. Porque acudir a diario durante ocho horas a un trabajo que no te motiva intrínsecamente y que sólo haces por miedo al despido y por la recompensa del sueldo a final de mes, unido a compañeros y clientes que también están desmotivados…se me antoja una penitencia. Sé que todos podemos a llegar a hacerlo, pero está lejos del bienestar psicológico que busco cada día de mi vida.

En marketing es imprescindible conocer las motivaciones de los clientes para poder cumplir con sus expectativas y ayudarles realmente a conseguir lo que necesitan. Porque, de verdad, queremos que, cuando alguien contrate nuestro servicio o compre nuestro producto, realmente se sienta bien. No conozco a nadie que quiera trabajar engañando a otros. Supongo que las personas con esas motivaciones formarán parte del crimen organizado y por suerte para mí, están fuera de mi ecosistema.

¿Ayudaría en algo que le des un pan a alguien que acude a tí porque necesita agua?¿No es mejor para todos saber que esa persona tiene sed y así podrás ayudarle mejor? Conocer a alguien supone conocer sus motivaciones. Y ayudar a alguien implica conocerle y tenerle en cuenta. Eso es marketing.

Contigo me tiro de un puente…

contigo me tiro de un puente

Viajar a Marte o al cuarto de la plancha.

Pero contigo.

(Poema de Luis Alberto de Cuenca)

Frases como la de este poema, o el título que he puesto en este post muestran la esencia misma en la que se basan las relaciones humanas de cualquier tipo: la CONFIANZA.

Cuando confías en alguien te sientes conectado, la seguridad te embarga y no te importa a dónde vas…simplemente vas. No importa si es al fondo de un río, a marte o al prosaico cuarto de la plancha. Pero contigo.

Este vínculo tan potente y necesario para nuestro desarrollo como personas es, sin embargo, frágil e, incluso, escurridizo. Generar confianza y manterla a lo largo del tiempo es algo poco manipulable, pues depende de tantas variables que, si algún ingrediente está en una proporción no adecuada, la receta no funciona y lo que surge es justo lo contrario: la desconfianza y el rechazo.

Un bebé necesita tener la confianza de que su madre no le va a abandonar. De hecho, hasta los 2 años aproximadamente, todo lo que necesita un ser humano es confianza en su cuidador. Esa confianza en otras personas en edades tempranas se manifestará como autoconfianza según vaya pasando el tiempo. Esa persona ya adulta será capaz de volver a trasmitir confianza a los demás, creando conexiones duraderas, estables y capaces de crear más allá de uno mismo: familia, empresas, asociaciones…

Cómo otra persona nos genera confianza es algo difícil de explicar porque lo hacemos a nivel subconsciente, integrando mucha información de muchas fuentes antes de hacer una valoración. Esta difícil tarea la hacemos, sin embargo, de forma rápida (en sólo unos pocos segundos) y el resto del tiempo la dedicamos a refrendar o refutar esa primera valoración.

El lenguaje corporal, la comunicación paraverbal y, por último, lo que está diciendo la otra persona, nos hará creer o no que es confiable. El lenguaje corporal, difícil de gobernar conscientemente a todos los niveles, es el que tiene más peso en esos primeros momentos. Las personas confiables, que más confianza generan, suelen tener un lenguaje corporal abierto, sin modismos que resulten extraños y exagerados. Su cuerpo está diciendo lo que pasa por su cabeza: «así es como soy, no te estoy engañando, puedes comunicarte abiertamente, que yo haré lo mismo».

[bctt tweet=»Lo que haces habla tan algo que no me deja escuchar lo que dices.»]

En esa simple oración se esconde la imposibilidad de generar confianza cuando tu lenguaje corporal no acompaña a tu mensaje hablado. Podemos gritar que somos cual, o somos tal, pero nuestros actos dirán la verdad. Y esto es así ya seas una persona, una empresa, un partido político o una ONG.

Ser confiable supone mostrar los valores que dices que guían tus acciones. Supone ser transparente para que la otra persona pueda confirmar por sí misma que no hay dobleces. Supone acompañar aún cuando el camino no está claro.

Llevando la confianza al terreno del marketing, está claro desde hace mucho tiempo que las marcas se desviven por ser confiables, por crear ese vínculo mágico que hará que tu clientela evangelice tus productos y se funda con ellos. No siendo una tarea fácil a realizar, sí que es rentable una vez que se consige. Es más, es muy muy rentable. ¿Entonces por qué no se hacen los deberes adecuados para conseguirla?¿Por qué las marcas no son más transparentes?¿Por qué siguen intentando enganchar a los clientes con «gratis»o con baratijas?

¿A quién le da confianza que quieran sacarte los cuartos a la primera de cambio sin conocerte?

Como persona, me gusta la transparencia en los actos y en el lenguaje corporal. Como clienta, me gusta valorar por mí misma el producto y servicio hasta que me convenza, hasta que confíe en que esa marca me da lo que necesito mejor que los demás. No quiero vendedores de crecepelos que intentan captar mi atención con regalos de tres al cuarto, o con rebajas imposibles, o con gangas «sólo para mí».

No regalo mi confianza, porque es algo que valoro por encima de muchas cosas. Si la quieres, demúestrame que te la mereces y yo te la daré.

Descubre si tienes adicción al móvil o nomofobia

adicción al móvil nomofobia

Si quieres cumplimentar una encuesta para saber si tienes adicción al móvil, aquí tienes una de la OCU. Si no necesitas tanta evidencia científica, puedes verte reflejado este post. Soy una adicta al móvil y te cuénto qué hice al respecto.

Antes de acostarme me aseguro de ponerlo a cargar en la mesilla de noche (no vaya a quedarme si batería en algún momento del día siguiente), lo utilizo de despertador. Antes de las 6:30 de la mañana ya he leído los wasap, telegram, emails, actualizaciones de Facebook y leído el periódico desde la cama. Bajo a la cocina a desayunar y vuelvo a comprobar si ha llegado algo, aunque no haya sonado ningún fiu-fiu-fiu ni se haya encendido ninguna lucecita. Sé que lo que me espera el resto del día es algo parecido: comprobar el móvil cada pocos minutos, a pesar de estar hiperconectada delante del ordenador, con todas las redes sociales abiertas y que los avisos vía mail ocupen media pantalla y suenen como si fuera el apocalipsis.

Me llamo María Gutiérrez, tengo 37 años, vivo en Torrelodones y TENGO ADICCIÓN AL MÓVIL.

En los últimos años se «han puesto de moda» nuevas adicciones. La nomofobia o no-sin-mi-móvil es una de ellas. Parece ser que me encuentro entre el 71 % de la población que padece esa adicción. Felicito desde este post al 29 % restante ante la imposibilidad de hacerlo en persona. Simplemente no conozco a nadie con smartphone que se escape a este trastorno moderno.

[bctt tweet=»No conozco a nadie con smartphone que se escape de la #nomofobia.»]

Haz un repaso de tus últimos días con el móvil y comprueba si tienes adicción.

Cada vez utilizas más el móvil, no para sentirte contento, sino «porque lo necesitas». Las poquísimas veces que se te olvida te pones de muy mal humor, igual que cuando te quedas sin batería (esas sí que ya son más). En ese caso, ya entras en pánico directamente.

Pasas tiempo con el móvil cuando podrías estar haciendo otras cosas que te reportasen un beneficio mayor: desde pasar tiempo con tus seres queridos, hacer ejercicio, ir a la compra («ya iré después, primero voy a mirar cómo está la gente en Facebook») o incluso te quita calidad del sueño porque no apagas el wifi y te tiras toda la noche recibiendo notificaciones.

Llevas el móvil encima quieras o no quieras. Siempre. Aunque sea para cambiar de habitación. Vuelves a casa a buscarlo si se te ha olvidado (aunque eso casi nunca ocurre porque es lo primero que metes en el bolso). Aunque llegues tarde al trabajo. Buscas enchufes hasta en las farolas si la batería te baja del 15 %.

Gollum, gollum, goooollum

Te han puesto una multa por hablar con el móvil en el coche, tu socio te ha dicho que no mires más el móvil mientras estáis en una reunión con el resto del equipo. Si la reunión se alarga mucho, ya estás pensando cuántos mensajes tendrás sin leer o si fulanito o menganita ya te han respondido a ese wasap que enviaste a las tantas de la madrugada porque no podías dormir y lo único que se te ocurrió fue encender el móvil.

Pasas por encima de los avisos acústicos y luminosos, pensando que «igual hay algo nuevo». Cuando ya no tienes nada que mirar, pues miras fotos, o navegas sin rumbo por internet. Siempre hay algo interesante, ¿verdad?

Antes del iPhone disfrutabas con Crónicas marcianas y ahora no hay nada en toda la parrilla televisiva que te sugiera el más mínimo interés. Los libros cogen polvo mientras actualizas tu perfil en Linkedin y los entrenamientos en el gym no son lo mismo si se te olvidan los cascos. Tu madre te echa en cara que no le haces caso cuando vas a verla.

Por supuesto, eras de los que pensaban (hace 20 años) que con los teléfonos fijos ya era suficiente, que las cámaras en los móviles tampoco servían de mucho (hace 10 años) y que el wasap era muy intrusivo (hace 5) porque no hacían falta tantos mensajitos, con una llamada ya quedaría todo arreglado.

Pero, si estás leyendo esto, es porque, en el fondo, sí que reconoces que pasas demasiado tiempo con el móvil en la mano. Te das cuenta de que igual, incluso, demasiado. Porque has ignorado a personas que te importan diciéndoles «un segundín, que contesto a Juan y ya estoy contigo», o «perdona, pero esto es realmente importante». Te has puesto demasiado nervioso esperando un mensaje o un mail. O incluso te has enfadado porque, cuando te llega el doble tic azul, la otra persona no te responde inmediatamente.

Ya habrás deducido que lo que conllevan las adiciones son falta de control y dependencia. Ocurre lo mismo que en otras adicciones, el sistema cerebral de recompensa entra en juego. La serotonina y la dopamina, unas sustancias que segrega el cerebro son las responsables de engancharnos. Comienzan a bailar cuando algo nos gusta. Si, además, ocurre de forma inesperada (como cuando te llega un mensajito, o un email, o te llaman por teléfono), pues entonces el efecto es mayor. El cerebro recibe la siguiente señal «si esto es bueno, entonces vamos a seguir disfrutándolo». Una cosa parecida a las mariposas en el estómago de cuando estás enamorado.

NO me gusta perder el control. Al menos, cuando no quiero (véase vacaciones, eventos y fiestas de guardar, pues ya es otra cosa). Así que me he propuesto modificar este trastorno adictivo que NO ME GUSTA nada y que me hace perderme parte de mi vida. Por ello, te cuento lo que he hecho para desengacharme del mono y ser (más) libre.

[bctt tweet=»Vida es aquello que ocurre mientras no estás mirando una pantalla.»]

Ser consciente de que tengo un problema

Mi hija me dijo: «Mamá, ¿puedes dejar el móvil y hacerme algo de caso? Hace ya media hora que te pedí que me partieses fuet». Esta inocente frase en boca de una niña de 8 años fue como una bofetada de realidad. Ya me lo habían dicho adultos: marido, hermana, socio, prima, amigos…Pero no es lo mismo. De verdad, que no es lo mismo.

Medir y analizar lo que pasa

Llevo días contabilizando las veces que miro el móvil. Sí, ya sé que la calidad de la autoobservación no es la misma que la de un observador externo, porque me hago trampas al solitario: a veces me aguanté de mirar el móvil sólo para no contabilizar una rayita más en la cuenta. Otras veces estuve conectada a través de otros aparatos (tablet, ordenador) para «no mirar»…En fin, seguro que conoces el Principio de Incertidumbre de Heisenberg (va sobre electrones, la luz, física, pero me encanta su aplicación filosófica, que viene a decir que, sólo con ser partícipe de algo introduces una nueva variable que distorsiona la situación de manera que no puedes vivirla como era antes de que estuvieses). Aún así, me medí.

Con la primera medición me asusté mogollón: más de 150 comprobaciones (desbloqueos del móvil). Además analicé otras conductas, como la cantidad de veces que cogí el móvil para cambiarlo de habitación, el tiempo que tardaba en sacarlo del bolso cuando llegaba a casa…

Ni qué decir tiene que se confirmaron mis sospechas. El resultado del análisis: yonki perdida.

Fijar un plan con un objetivo realista y un plazo de tiempo

Manos a la obra. No valen los lamentos ni las postergaciones.

Me fijé bajar a 50 comprobaciones de móvil al día (descontando un uso normal de llamadas entrantes y salientes), en el plazo de una semana. ¿Cómo?

  1. Silenciar notificaciones innecesarias. Sí, ya sé que todos tenemos silenciados los chats grupales: familiares (primos incluidos), p/madres de clases de los niños, el grupo para las parrilladas, el grupo de amigos de toda la vida…Pero eso no es suficiente. Pasé a la acción silenciando también los avisos de email entrante y de las RRSS (FB y Linkedin, principalmente).
  2. Comprobación del móvil cada media hora cuando no estoy delante del ordenador. Si estoy delante de la pantalla grande, pues el sistema ya me avisa automáticamente y puedo seleccionar los que necesitan una respuesta muy urgente. De todas maneras, en el 90 % de los casos, la respuesta podría esperar media hora sin problemas.
  3. Profundizar en Mindfullness. Esto ya es de cosecha propia. Me interesa mucho este movimiento, cuya máxima es que seas consciente de lo que ocurre a tu alrededor a cada minuto. Es decir, si vas andando por la calle, pues disfruta del tiempo, observa a las personas con las que te cruzas, echa el vistazo a algún escaparate. Olvídate de poner en peligro tu integridad física al chocar contra una farola porque vas inmerso en el gran mundo digital y vive el único momento del día que tienes para hacerlo: justo ahora mismo.

El mundo digital ha transformado la manera con la que nos relacionamos con el mundo. Eso es maravilloso y ofrece un sinfín de oportunidades. El poder de la tecnología es increíble y lo abrazo con gusto e ilusión.

Pero, somos humanos y, a veces, no hacemos un buen uso de ella. 

Rizando el rizo, además, la tecnología es capaz de controlar cómo nos comportamos y ayudarnos en ese campo, contribuyendo a analizarnos para mejorar. Una paradoja interesante y atrayente, ¿No te parece?

Socios: a veces sí se puede vivir sin ellos

socios en la empresa

No se trata de ir de solitaria por la vida, pero a la hora de crear una empresa es muy necesario pensar bien si necesitas o no llevar socios contigo. Hazte la pregunta «¿realmente los necesito?».

Como dice Fernando Trías de Bes en «El libro negro del emprendedor«, hay muchos motivos por los que puedes comenzar tu aventura empresarial en compañía. Ahora el tema está en saber si esos motivos te convienen o no en el medio y largo plazo.

En estos últimos años he leído muchas clasificaciones sobre los socios: socios- trabajadores, socios-capitalistas, socios-tecnológicos…montones. Pero, personalmente prefiero otra clasificación de los socios: los que son buenos para tí, y los que no. Si decides tener compañía a la hora de emprender, que sea una decisión lo más masticada posible, que valores bien los pros y los contras. Y eso suele ser bastante difícil de hacer.

[bctt tweet=»Si decides tener compañía a la hora de emprender, que sea una decisión lo más masticada posible, que valores bien los pros y los contras.»]

¿Por qué?

  • Porque a veces la persona que crees que tiene que ser tu socia es tu pareja, algún familiar o tu amigo de toda la vida. En este caso los lazos emocionales toman una importancia enorme que, previsiblemente, no te dejen tomar las mejores decisiones desde un punto de vista empresarial.
  • Porque a veces invitarás (si no lo has hecho ya) a participar a personas «que saben mucho de lo suyo». En este caso será el brillo de su experiencia lo que te deslumbre y no te deje actuar como deberías. Le escucharás con atención y pensarás que sus palabras son oro «porque ya ha pasado por mucho». En este caso el problema será desmarcarte, eliminar los sentimientos de inferioridad y mantener tu criterio.
  • Porque a veces, simple y llanamente, te equivocarás de persona. Y lo que pensaste que era un príncipe azul, se te volverá un sapo a la primera de cambio y no sabrás cómo quitártelo de encima.
  • Porque la vida cambia, la de todo el mundo. Los objetivos vitales no son los mismos a los 25 que a los 35 o a los 45 y eso va a influir mucho, mucho en la toma de decisiones en la empresa. No somos robots que diferenciamos al 100 % la «vida profesional» de la «vida laboral». Todo se mezcla en la persona, por eso es tan, tan importante estar bien en ambos ámbitos.

Entonces, ¿realmente no puedo tener socios?

No, hay ocasiones en las que compartir tu empresa puede estar realmente bien. Por mi experiencia y también la de personas que tengo alrededor, un buen socio tiene las siguientes características:

  • Ya te conoce en el ámbito profesional. Igual que no te casarías con nadie de sopetón en la primera semana de novios y prefieres convivir antes de dar ese paso, pues con tu socio es mejor que te conozcas del trabajo o similares. Que sepáis qué es lo que puede dar de sí cada uno, y que los cabreos por «esto lo haces tú» ya hayan pasado hace tiempo.
  • Compartes valores vitales. Es decir, es alguien a quien valoras como persona, seguramente conocerás también a su familia y te parece estupenda. Además, los dos pensáis que queréis ser ricos, o que os conformáis con vivir cómodamente pero sin lujos, o que no os importa no ganar ni un euro en X años. Lo que sea, pero que esté claro desde el principio. Muchos problemas llegan cuando a alguien le importa mucho la pasta y al otro no.
  • Sabe de qué pie cojeas y te conoce «como si te pariera». De esa manera, no caben los «es que me estás defraudando» o «yo no pensé que eras así». Fuera reproches. El que se mete en el ajo, sabe bien a quién lleva al lado. Como en una pareja, vamos.
  • Competencias y habilidades complementarias y compatibles, no sólo profesionales, sino también a nivel personal. Si uno es un cabra loca, muy social y que comparte todo hasta con las piedras, pues que el otro pueda pararle los pies y sea una persona con la cabeza fría. Si uno es ingeniero, que la otra sea economista. Los roles tienen que estar bien definidos a todos los niveles. Eso enlaza con el siguiente punto.
  • Se deja claro quién manda y quién no. Independientemente de cuál es la participación social de cada uno, tiene que haber una cabeza solamente. La bicefalia no funciona.
  • La visión de la empresa está clara y es compartida. ¿dónde queremos estar en 3 años?¿expansión internacional o no nos movemos de nuestro barrio?¿vamos a orientarnos al cliente o la empresa está antes? Todas estas preguntas tienen que ser respondidas de forma honesta y clara, para que la visión de los socios sea compartida.

Seguramente algunas cosas más se me quedan en el tintero, pero todo se resume en lo siguiente:

[bctt tweet=»Fuera reproches. El que se mete en el ajo, sabe bien a quién lleva al lado.»] Acompáñate sólo de personas que te aporten valor a todos los niveles, con los que te sientas comprendida y respetada y que tengan claro que el camino empresarial va al mismo sitio.

En el resto de los casos, y volviendo a Trías de Bes: subcontrata, habla con un banco, emplea, haz terapia o deporte. Te saldrá más barato y ganarás salud.

(Te dejo también este post en vídeo, por si tienes un ratito y quieres escucharme).