Ahora mismo estoy centrada desarrollando un nuevo negocio. Aún estoy creándolo en la sombra mientras espero que esté preparado para que vea la luz.

Esta etapa de creación tan intensa me gusta especialmente. Me siento libre para pensar, moldear, planificar y soñar. Por contra, tiene la dificultad del manejo de la incertidumbre, de los plazos y de los nulos ingresos que, como a todos, nos hacen falta para vivir.

Mis hijos me ven ahora más tiempo en casa, pues no tengo oficina a la que ir. Ahora mismo nuestro hogar es todo mi centro de operaciones. Me preguntan: “mamá, ¿en qué trabajas ahora?” y yo les digo: “estoy creando un negocio”. Asienten con la cabeza pero sé que no me entienden del todo. Porque, ¿sabemos los adultos realmente lo que es un negocio? Seguro que sí, pero cada uno con nuestra visión propia particular del asunto.

Para mí, cualquier negocio debería funcionar como una buena cafetería. ¿Aunque venda zapatos?¿Aunque venda software? Sí, en todos los casos.

Hace años, veía a mis compañeros del instituto vivir genial poniendo cafeterías y bares de copa. Eran negocios rentables que les permitían vivir a todo trapo en unos meses de actividad. Mientras tanto, yo me centraba en crear otro tipo de negocios, que yo creía más “sofisticados” al estar relacionados con la tecnología y el conocimiento.

Pero mis negocios no iban tan boyantes como los de mis colegas repetidores en la EGB. ¿Por qué?¿Qué no sabía?

Ya tengo la respuesta: no sabía crear un sistema completo, armonioso y con unos resultados predecibles y estables. Que tuviese en cuenta todas los aspectos relevantes sin que yo misma fuese la variable más relevante. Es decir, no sabía crear un sistema que sea capaz de funcionar en cualquier ambiente y operado por cualquier persona.

Mi error consistía en centrarme en crear productos y servicios completos que creía que el mundo querría. Confundía un negocio con su producto, mientras mis compañeros tenían claro que la marca de café no es relevante en una cafetería y que el DYC-con-coca se iba a servir en su bar, al igual que en los otros 10 de alrededor. Ni el café ni el DYC eran relevantes para su negocio. Ellos lo sabían.

Ellos sabían que su negocio dependería de la zona en el que ponía el bar, del horario en el que iba a estar abierto, de los márgenes que les daban los proveedores, de la rapidez con la que servían los productos, de lo ágiles fuesen en contratar personal en horarios punta, de lo limpio que estuviese el local (en especial, los baños de señoras), de los buenos pinchos que tuvieran en la barra, de lo rápido que sirvieran a los clientes…Es decir, el negocio dependía de lugares, tiempo, recursos y procesos.

Las mejores cafeterías son aquellas que están diseñadas para funcionar de una forma armónica, eficiente y con el mismo resultado para cada cliente. Independientemente de si pides un café cortado, uno descafeinado con soja en vaso, o un té, vas a estar a gusto. Tampoco depende de si te toca éste o aquel camarero, pues todos saben exactamente qué procesos tienen que realizar para que la comanda sea rápida, el producto esté en su punto y los pagos no tengan incidencias.

Cuando más veces un cliente tenga la misma experiencia positiva en un establecimiento, más veces acudirá. ¿Cómo te sentaría que en una cafetería unas veces te pusieran un zumo gratis, otras te lo cobrasen, otras veces el camarero tardase 10 minutos en servir y otras todo fuese como la seda? Te parecería mal. Porque todos queremos una experiencia satisfactoria, pero estable. Queremos saber por qué estamos pagando y que se ajusta a lo que queremos.

Clientes, proveedores, empleados e inversores son las personas que operan en un sistema de negocio, pero el sistema está formado por recursos, tiempo, lugares y procesos. El producto no es el centro del sistema, tan sólo es una parte de él, como bien se explica en el caso de una cafetería, ya que es un ejemplo que todos podemos recrear en nuestra mente.

Ahora, ¿este modelo sirve para un negocio que proporciona servicios de geomarketing?¿o que está desarrollando un producto que aún nadie conoce?

Desde luego, sí. Un negocio es un negocio en cualquier sitio, y funciona con los mismos elementos clave. Afortunadamente, el producto no tiene tanto peso como nos creemos y nuestro foco debe estar centrado en desarrollar un sistema que aporte un valor.

Cuando se está creando un negocio innovador, es necesario comenzar con una propuesta mínima de valor, que será objeto de medición para, después, incorporar las conclusiones obtenidas al propio sistema con el objetivo de mejorarlo. Por ello, siempre hay que comenzar por crear un Sistema de Valor Mínimo (MVS) en lugar de un Producto de Valor Mínimo (MVP), como estábamos acostumbrados hasta ahora.

En estos meses creando mi nuevo negocio, estoy poniendo el foco en la creación de un sistema que proporcione valor a los clientes, proveedores, empleados y a mí misma como propietaria del negocio. Por supuesto, el producto con el que el valor llega al cliente es una parte importante, pero no lo es todo, ni muchísimo menos. Al igual que el café no es lo más importante de un sistema llamado cafetería.

Te invito a que mires con estas nuevas gafas todos los negocios que tienes a tu alrededor, para que identifiques el producto y veas cuál es su posición dentro de un sistema. ¿Cuál es la importancia del libro en el sistema Amazon que te permitió leer la recomendación de otros lectores, comparar precios, conocer la fecha de entrega, saber que ya ha sido enviado y recibirlo en tu casa un día después?¿Cuál es la importancia de el plátano en la estantería del súper frente a todo el sistema que ha permitido que haya llegado allí y que tú puedas comprarlo en buen estado, al mejor precio y en unas condiciones de lo más cómodas?

El mundo de los negocios está formado por sistemas. Si estás pensando en ser emprendedor, desarrolla tu propio sistema. Olvida el MVP y céntrate en el MVS.

Como dice un amigo mío: “si dejo de vender cortes de pelo, pues me pasaré a las lentejas, o a lo que haga falta”.