Mi hijo pequeño me preguntó: “Mamá, ¿Qué es lo que no se te da nada bien?”. Le respondí lo primero que se me vino a la mente: “Hacer deporte, cariño”. Él me dijo: “A mí se me da fatal elegir”.

Cualquier adulto piensa que los niños de 7 años tienen poco que elegir cada día. Sin embargo, Miguel cree que él tiene que elegir mucho y, además, es consciente de la dificultad que ello conlleva.

Elegimos desde pequeños si nos gusta la tarta de galleta o la de almendra;

si preferimos jugar a las muñecas con niñas o a la pilla con los chicos;

si pasamos la tarde delante de la TV o vamos a la plaza;

si nos portamos bien en el cole o si nos gusta desafiar a los profes haciendo algo de lío;

si comemos los garbanzos sin rechistar o si peleamos por el filete;

si hacemos caso al macarilla que bebe a los 12 o si pasamos de él;

si nos volvemos locos por la moda o si tenemos nuestro propio estilo;

si elegimos letras o ciencias puras;

si estudiamos en nuestra ciudad o nos vamos a la capital;

si nos comprometemos jóvenes o nos gusta Peter Pan;

si creamos nuestra familia o nos rodeamos de amigos;

si criamos hijos o nos volcamos en el trabajo;

si ahorramos o viajamos;

si soñamos o nos acomodamos;

si somos felices o perseguimos la felicidad.

Aunque no queramos elegir, no nos queda otro remedio. De hecho, no elegir es una elección.

Nuestra vida es el resultado de nuestras decisiones aunque no seamos conscientes de ello. Mi hijo pequeño parece que lo ha aprendido pronto.