Llegas un día a la oficina y tu jefe te dice que, a partir de ahora, eres completamente autónomo para decidir hacer lo que quieras. También te dice que estarás en contacto con otras personas que realizan la misma actividad que tú u otra totalmente diferente, pero la cuestión es que tienes que estar dependiendo de ellas para realizar tu trabajo y que la comunicación es vital para que se vean los progresos.

Ante esta situación puedes comportarte de varias formas:

a) Dedicarte a hacer lo que realmente quieres hacer todo el día, que se parece mucho a NADA. Tienes claro que, si nadie te dice lo que tienes que hacer, es que realmente no hay nada que hacer. Respecto a eso de estar comunicado con otros…¿Qué se pensarán?¿Que voy a contarle mis trucos a mis compañeros para que hagan su trabajo mejor?¿Alguien me ha tomado por tont@?¿Y que piensan que voy a hablar con los de otro departamento?¿Del tiempo?

b) Te alegras de poder tomar tus propias decisiones y aprovechas para mejorar tu forma de hacer tu trabajo, porque algunos procedimientos lo único que hacían era entorpecer. Además, aprovecharás al máximo la comunicación con tus compañeros para preguntarles cómo poder mejorar. Desde luego, la opción de estar comunicado directamente con colegas que desarrollan otros tipos de trabajo tiene que resultar enriquecedor, pues vas a poder aprender muchísimo.

Seguramente tienes claro lo que harías. ¿Cómo vas a comportarte de la forma descrita en a)? Está claro que no eres un mal profesional.

Sin embargo, no todo es blanco y negro.

Imagínate ahora que trabajas en una empresa en la que tienes que fichar con un margen de 5 minutos cada día. Entras en un gran espacio con muchas personas haciendo “cosas”, porque realmente no tienes ni idea de a qué dedican su tiempo. Te quedó claro el primer día que mejor ni preguntar. Tu responsable te dijo dónde estaba tu sitio y cuál era tu tarea concreta, dando por supuesto todo. Después de una formación express te dejó en tu puesto aislado, solitario. Las personas que tenías alrededor no levantaron la cabeza de lo que estaban haciendo. Tú mirabas hacia todos lados buscando una sonrisa amiga a quién preguntarle dónde estaba la impresora y a qué hora se comía allí. Nadie parecía percatarse de tu presencia. Volviste a revisar el puesto de trabajo y a leer el Manual de Bienvenida, que consistía en un montón de “buenas prácticas” a llevar a cabo. Demasiado largo, demasiado aburrido. Te volcaste hacia tu herramienta de trabajo, tal y como te dijo el jefe al que habías visto durante un ratito. Todo dirigido y “capado”. Desde ese momento te quedó claro que esto era un “sálvese quien pueda”, y así llevas los últimos cinco años.

¿Quién no se comportaría de forma “poco profesional” cuando se encuentra en una cultura de empresa con una estructura rígida, que no provee de apoyo a sus trabajadores y donde lo importante es “no salirse de lo encomendado”?

Mi primer trabajo como ingeniera fue en la Administración. Mi primer día de trabajo, un compañero (que era además amigo de la infancia) me dio un consejo: “No trabajes tanto, que vas a terminar hoy mismo toda la tarea”. Recuerdo aquellas palabras porque tuvieron en mí un efecto demoledor: darle una paliza a mi enorme pero frágil motivación de novata.

La cultura de la empresa es poderosa y capaz de aplastar la mayor de las ilusiones y de las motivaciones. Pero también puede fomentar la creatividad y la innovación, haciendo que los empleados aporten lo mejor de sí mismos y entrando en una espiral virtuosa ascendente de bienestar y eficiencia.

Mucho se ha investigado sobre la influencia de la cultura organizacional sobre la innovación y la capacidad de adaptarse a este entorno rápidamente cambiante que es el mundo actual. Menos es lo que se ha investigado sobre el impacto del liderazgo auténtico sobre la cultura de la empresa.

Cuando una empresa nace, la persona que la funda influye de una forma determinante en la cultura organizacional. De hecho, es realmente su forma de liderazgo lo que marca cómo es y cómo será esa cultura. Si es una persona hábil en entender la importancia de la adaptación y la innovación como factores fundamentales para la supervivencia y crecimiento de la empresa, intentará rodearse de personas que tengan la misma forma de ver la empresa. De esta manera, esta cultura orientada a la flexibilidad, a la innovación, a la autenticidad y al apoyo entre personas se refuerza.

El liderazgo auténtico busca y atrae al liderazgo auténtico. Está tan seguro de sí mismo que no se ve afectado porque otras personas tengan esas mismas habilidades. ¿Cuáles son? Autoconsciencia al conocer las propias capacidades y limitaciones y cómo éstas afectan a los demás; toma de decisiones equilibrada, siendo capaz de separar la información relevante de la no relevante y  analizándola para tomar las decisiones óptimas en el momento oportuno; transparencia en las relaciones con los demás, mostrando sus verdaderos pensamiento y emociones y permitiendo que los demás también los muestren; y una forma de ver el mundo honesta y ajustada a sus valores morales.

Un auténtico líder muestra esperanza, honestidad, emociones positivas, transparencia y relación entre sus pensamientos y actos, orientándose hacia el futuro de una forma ética e íntegra. Es capaz de motivar y guiar a los colaboradores proporcionando apoyo, lo que aumenta la satisfacción e implicación de todas las personas del proyecto.

Cuando trabajas bajo una cultura organizacional en la que líderes auténticos pueden expresarse, seguro que te comportarás de la forma descrita en la opción b) del principio de este texto. Sin dudas, sin reparos, sin rencores. Porque será lo que estés deseando hacer.