Hace un año también era verano, también hacía un calor insoportable en este lugar y también quería hacer lo que siempre quise hacer. Como otras veces, cogí mi tablet y escribí lo que se me pasó por la cabeza. Nunca me ha costado hacer ese ejercicio. Puede que venga de cuando vivía en un pueblecito donde el verano era frío y, además, no podía hacer lo que quería. Entonces escribía mis pensamientos con la esperanza de que algún día se hiciesen realidad.

Vuelvo a leer lo que quería para el futuro desde ese día de verano de hace un año. Fácil de interpretar porque está escrito. Inmutable. Entre mis planes profesionales estaba el estar donde hoy estoy. Me da la risa, parezco una pitonisa.

Un colega dedica la tarde del 31 de diciembre a encerrarse en el despacho de su casa a pensar. Pasa 6 horas solo con una botella de whisky muy caro y una cubitera. Sólo sale cuando el reloj de la Puerta del Sol da las campanadas, pues ese justo es el momento donde ya ha tomado la decisión de qué es lo que va a hacer en el nuevo año. Es su tiempo de reflexión y planificación. La acción dura 364 días. Luego toca volver a evaluar.

Tengo por delante ahora dos semanas de planificación. Les seguirán 4 meses de locura ejecutora para, en diciembre, evaluar los resultados para volver a planificar 2017. Aunque con una estrategia de quick-wins, las evaluaciones parciales cada poco tiempo son parte del proceso.

Tengo la necesidad de evaluar los avances continuamente. La intuición da la señal de alarma cuando algo no va bien, pero son los datos empíricos, la voz de la realidad, la que realmente sustenta una evaluación válida que puede orientar una óptima toma de decisiones.

Escucho a mi intuición y busco evidencias para ver la realidad.