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Tu mala actitud te hace apestar igual que cuando no te duchas

A todos nos abandona el desodorante de vez en cuando. Las glándulas sudoríparas de los sobaquillos se ponen en marcha a todo trapo y, sin quererlo ni beberlo, te encuentras con un mal olor inesperado. A todos nos pasa, por eso Rexona no dudó en hablar de ello en un anuncio de hace tiempo.

Nos perdonamos unos a los otros esos malos olores puntuales porque somos conocedores de que, el día menos pensado, te puede pasar a ti. Sabes que es una cuestión puntual y respetas a la otra persona por su habitual pulcritud con la higiene personal.

Pero, ¿qué pasa si ese olor persiste un día y otro más?¿Y si empieza a llevar los dientes sucios y la ropa con lamparones?¿Y si el olor a queso rancio comienza a ser su señal de paso en los pasillos?¿También lo perdonarías? Creo que no. Creo que tomarías acción en una de las siguientes líneas: o huyes o, si esa persona te importa, hablas con ella muy en serio y la vuelves a poner en la senda del cuidado corporal.

La mala actitud te hace apestar incluso más que cuando no nos lavamos. Por contra, cuando nuestra actitud es buena, todos esos olorosos y diminutos botecitos de la planta calle de El Corte Inglés no tienen sentido, pues los demás captan al instante que tienen que unirse a nuestra causa.

Es imposible tener un buen día todos y cada uno de los días. Eso lo sabemos todos, por eso perdonamos un ratito de mala actitud en otra persona. Como perdonamos el que haya sido abandonado por aquel desodorante desconsiderado que no se acuerda de ti cuando más lo necesitas. Pero nadie va a aceptar un vaho apestoso, fruto de una mala actitud, día tras día.

La actitud negativa del «aquí estoy, peleando con la vida», del «aguantando como podemos», del «qué le vamos a hacer» y del «con esta gente no se puede» tiene un olor penetrante, agrio que se te queda pegado a la ropa.

Cuando pasan los días y esa actitud persiste y «la culpa es de los clientes», «yo qué voy a hacer si no soy el jefe» y «ojalá no hubiera tenido hijos» es la canción de cada día, los demás empiezan a alejarse. La opción de la huida es la más socorrida, aunque unos pocos valientes puedan querer reconducirte por la buena senda. En esos momentos el vaho asqueroso deja una estela detrás de ti que lo pueden oler los transeúntes al otro lado de la calle.

A partir de ahí la salida no es fácil. La luz del túnel se aleja cada vez más, a la vez que tus sueños y tus deseos. El día a día se convierte en un paseo aburrido en el mejor de los casos y frustrante en la mayoría. Nadie colabora. Nadie ayuda. Tienes la certeza de que tenías la razón en pensar que todo estaba mal y que tú sólo eras una víctima. El hedor es insoportable y ya no puedes hacer nada. Tu actitud es negra de tan negativa que es, al igual que el olor que desprendes.

No conozco a casi nadie que no se haya dejado llevar por la actitud negativa en algún momento de su vida.  Es una parte de los seres humanos. Pero es necesario saber que esa actitud te aleja de tus metas y de tus objetivos al igual que el mal olor te deja en una esquina.

Ten en cuenta que tu actitud depende al 100% de ti y es tu responsabilidad el dirigirla hacia el lado adecuado, exactamente igual que es tu responsabilidad ducharte y mantenerte tu imagen corporal. Nadie lo puede hacer por ti. Nadie.

¿Pero no sabes cómo hacerlo?¿No sabes cómo lavarte?¿Piensas que tus circunstancias son duras y que justifican tu mala actitud? Te harías un gran favor al reconocer que no es así. Que hay personas pasando situaciones realmente trágicas y que tienen una actitud estupenda y que también funciona al contrario.

Fue un día importante en mi vida el día que entendí que podía controlar mi actitud y, por ello, mi probabilidad de alcanzar mis objetivos. Si has leído esto hasta el final puede que sea porque tú también quieres que los tuyos se cumplan. Si es así, trabaja adelante. ¿No sabes cómo? Pregunta, busca, investiga…pero no abandones en el empeño. Límpiate todo lo que puedas. Tú vas a ser la persona que más saldrá ganando con ello.