Invierte en tu capital social. ¿Tienes personas dispuestas a ayudarte a mejorar?

Capital social en la empresa

Un día en el trabajo llega tu jefe y te dice que «trates bien» al chaval con cara de despistao que le sigue en ese momento. El chico se sonroja y sonríe tímidamente. Es listo y sabe que esas dos palabras le van a costar dos meses de un gran esfuerzo. Esas dos sencillitas palabras acaban de crear una barrera en tu cerebro y ese hombre de 30, al que acabas de conocer, ya te cae mal porque es un «enchufado». Tú estás pensando: «ya somos pocos, y parió la abuela. Lo que me faltaba, un pardillo de primera y, además, intocable». Esa barrera es un telón de acero que le va a costar tiempo derribar.

Las relaciones sociales son cruciales en la vida de una persona. Los humanos no podemos crecer y desarrollarnos en soledad. Es imposible. Necesitamos cuidadores desde nuestro primer minuto de vida y esa necesidad de compañía estará con nosotros hasta nuestro último suspiro. Pasamos los primeros años centrados en la familia, primero en mamá, luego ampliamos a papá, hermanos y abuelos. En la adolescencia nuestro foco cambia a los amigos. Exploramos el entorno un poco más valientemente, pero siempre necesitamos nuestro fundamento seguro, nuestro lugar refugio donde sabemos que nada nos pasará porque tenemos a nuestra gente. Ni qué decir tiene que, si estás leyendo esto, es porque ya dejaste atrás la adolescencia y estás de lleno en la adultez. Y hay algo que sigue constante después de todos estos años, aunque hayas cambiado de ciudad, de trabajo, de intereses, de vida: estás rodeado de personas y tienes que relacionarte con ellas.

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Esta obligación a la vida social no implica que conozcas en profundidad las normas que la rigen. Ni siquiera que te revuelvas bien en ella. Es más que común el notar que «la gente es difícil», sentirse incomprendido y tardar mucho en saber por dónde van los tiros en las relaciones personales. Eso afecta en el trabajo, en los grupos de deporte, en los partidos políticos. Allí donde haya un grupo de personas. El chaval de la anécdota es un tío muy hábil en ese campo, por eso se dio cuenta al segundo de que la frase del jefe había fastidiado (y mucho) su aterrizaje en la empresa. Sabía que tendría que superar el rechazo inicial de sus nuevos compañeros por creerle «enchufado». Tenía claro que iba a tener que sudar sangre para demostrar que valía por sí mismo, que no era un pelele de nadie. Y estaba dispuesto a ello, porque no valía quejarse. Así era la vida. Si él hubiese estado en el papel de la otra persona, también habría recelado. Seguro. Va en la condición humana.

Conocer estas normas sociales y moverse bien entre ellas es lo que se llama Inteligencia Emocional. Daniel Goleman, periodista y psicólogo, desarrolló largo y tendido ese concepto en sus libros. Os animo a leerlos. No es nada fácil mejorar las competencias sociales, pero se puede hacer. ¿Por qué hacer ese esfuerzo? Porque es una inversión. Y ahora paso al meollo de este artículo: EL CAPITAL SOCIAL (pero no desde el punto de vista financiero).

El capital social es un concepto un poco escurridizo, es difícil de medir, tiene muchas dimensiones que influyen en él, además es algo intangible y que depende del contexto. Pero lo que es indudable es la importancia que viene en la vida de las personas, a nivel de desarrollo personal, pero también a nivel económico. Sí, aumentar nuestro capital social es invertir a corto, medio y largo plazo, en salud psicológica, pero también en oportunidades de mejora profesional.

Haciendo una definición sencilla y que no contenga palabros técnicos: el capital social es la cantidad de personas a las que conocemos y que estarían dispuestas a ayudarnos. La ayuda no tiene por qué ser económica, sino que puede ser darnos conocimiento (un consejo que necesitamos para poner en marcha nuestro proyecto) o relacionarnos con otras personas (presentarte a un amigo suyo que puede ser un gran proveedor tuyo).

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Existen varios intentos de medir el capital social, desde diversos puntos de vista. A mí me gusta una combinación de varios de ellos, por lo que he creado mi propio método. Si quieres, diviértete un rato poniéndolo en práctica (expongo la versión más simple que tengo). Te lo voy contando paso a paso:

  1. Coge varios folios y un lápiz.
  2. En cada folio, arriba, escribe una palabra que te ayude a recordar de dónde conoces a la gente. Por ejemplo: FAMILIA, COLEGIO, UNIVERSIDAD, TRABAJO, ASOCIACIÓN DE MONTAÑISMO, CLUB DE PINTURA, LUGAR DE VACACIONES, etc.
  3. En cada uno de los folios haz una lista con todas las personas que recuerdes que conoces de cada uno de esos sitios. Habrá nombres repetidos, así que ponlos sólo en la lista en la que creas que encaja mejor. Deja bastante espacio entre líneas, pues luego tendrás que recortar los papeles. Antes del nombre de la persona, pon un código que te ayude a relacionarlo con el grupo al que pertenece, por ejemplo, si es tu cuñado puedes poner «F(familia)- Antonio»
  4. Piensa en el grado de confianza que tienes con cada persona y ponlo como un número de 0 al 10.
  5. Ahora toca el grado de similitud con tus intereses profesionales. También márcalo como un número del 0 al 10.
  6. Un último par de números. Valora del 0 al 10 la utilidad que puedes tener tú para esa persona desde el punto de vista profesional, y la que ella puede tener para tí. Por ejemplo, en el caso del chico del inicio, el par de números que refleja la utilidad con la persona que le dió el puesto puede ser: 2/9 (aunque siempre puede pasar el tiempo y cambiar las tornas, por supuesto).
  7. Es el momento de las manualidades. Recorta en tiras los nombres de las personas seguidos de sus números y haz grupos con los que tienen los valores más altos (más de 7). Seguramente te saldrán más de 150 personas.
  8. Ordena, dentro de los que tienen valores altos, a los que pueden ayudarte a conseguir mejorar tus proyectos y, además, que tienes mayor confianza. No descartes a los que ves más lejanos, pues una de tus labores deberá ser mejorar la relación con esas personas. Ahora, el número inicial se ha reducido bastante, ¿verdad?
  9. Reflexiona, escribe tus conclusiones y las ideas que te vienen a la mente. ¿Crees que tu capital social es suficiente para conseguir tus metas profesionales?¿A quién puedes ayudar a mejorar en su proyecto profesional?¿Quiénes son las personas que quieres que te acompañen en ese camino?

Puede que te hayas puesto manos a la obra a intentar visualizar tu capital social con las  instrucciones que te he dado, o puede que hayas pensado que todo esto es una forma muy frívola de ver a las personas y las relaciones entre ellas. Respecto a esto último, te argumento que en absoluto estoy diciendo que la manera de mejorar tu capital social sea manipular, engañar o aprovecharse de otras personas. Por suerte, los humanos estamos preparados para detectar las «mañas oportunistas» y te aseguro que, con esas técnicas maliciosas, nunca conseguirás el apoyo del resto de las personas.

El aumento del capital social se consigue estableciendo conexiones de alta calidad, que se basan en el entusiasmo, en el respeto y en la reciprocidad. De ahí que sea tan importante que, antes de pensar qué pueden hacer otros por tí, tengas en mente qué puedes hacer tú por esas personas que has puesto en tu lista.

Como consejos:

  • Implícate en tus relaciones con otras personas, no las des por sentadas. Sé entusiasta, aprovecha ese momento para disfrutar de verdad de la otra persona. Concéntrate en ella. Escucha. Seguro que en otro momento tienes tiempo para pensar en lo que harás de cenar esta noche.
  • Respeta. De nuevo, vuelve a escuchar. Interésate por sus cosas. No vanalices sus motivos o preocupaciones.
  • Da un feedback positivo. Demuestra tus emociones.

 

Palabros técnicos modernos: Big data. ¿Qué es?¿Para qué sirve?

qué es big data
Puedes explicar lo que has entendido

Explícaselo a tu abuela. Si no puedes explicarlo simplemente, es que no lo has entendido bastante bien

¿Qué (demonios) es Big Data? Es la frase que más he escuchado en estos días de vacaciones. Me lo pregunta la gente que me quiere y que se interesa por lo que hago en mi trabajo. Personas de todos los sectores, tipo de responsabilidades y cargos no saben lo que es Big Data (suena a palabro moderno que va a pasar de moda), y tampoco para lo que sirve. No me extraña. Es algo de lo que se habla mucho y se explica poco. En este post me voy a liar la manta a la cabeza y voy a intentar contar de forma sencilla todo este sarao.

Lo de «Data» está claro. Son los datos. Lo de «Big» no parece tener gran complicación. Uniendo las dos cosas nos sale que son datos grandes. Como eso no dice mucho en español, pues nos quedamos con que son muchos datos, y no importa tanto lo de si son grandes o no. También, intuitivamente queda claro que los datos están para analizarlos. Conclusión: big data es analizar grandes cantidades de datos. Hasta ahí: todo clarito.

Comienza el baile con las primeras preguntas que surgen a todo el mundo: ¿De dónde salen esos datos?¿Quién los tiene?¿De quiénes son?¿Para qué se analizan?¿Por qué esto es nuevo?  De ahí, pasar a la inquietud y a la paranoia es cuestión de minutos. ¿Nos están persiguiendo?¿Por qué alguien querría saber qué es lo que hago?¿Esto no da un poco de miedo?

Vamos por partes:

¿De dónde salen esos datos? Pues de twitear que estás estás en la playa, de enviar un email a la empresa de autobuses quejándote de los horarios, de ir a la compra al supermercado y ahorrarte un euro y medio al pasar la tarjeta de fidelización, de hacer running con el GPS del movil activado, de devolver la camisa horrorosa que te regaló tu cuñada en Navidad, de recibir en casa la bicicleta para tu sobrino que has comprado, de buscar en Internet qué hacer un fin de semana con los niños sin gastarte mucho dinero o de subirte en el bus de vacaciones al pueblo. Casi todo lo que hacemos hoy en día deja un rastro, un reguero de datos como si fueran las miguitas de pan de Pulgarcito.

¿Quién tiene esos datos? Cuando tú utilizas algo, estás (habitualmente) aceptando las condiciones de uso de ese algo. En el caso de las aplicaciones de móviles, es obvio. Si utilizas una app de running, das por hecho que se quedan grabados los km que has hecho, por dónde has estado corriendo, tus pulsaciones, etc. Cuando pasas la tarjeta de fidelizacion en el súper para que te descuenten los tres euros que tienes acumulados, pues sabes que esa empresa sabe lo que compras. La tienda de moda donde has devuelto la camisa sabe que todos esos modelitos han sido devueltos en dos semanas, así que toma nota y no vuelve a fabricar ese patrón.

¿De quiénes son esos datos? Los datos son tuyos pero, si aceptas las condiciones de uso, pues los datos pasan a ser de la empresa, de la aplicación móvil, etc. La LODP española te protege de un uso indebido de los datos, pero tienes que hacer uso de tus derechos, en caso de que los veas vulnerados. Como no podía ser de otra manera, ahora hay que tener mucho cuidado con la cyberseguridad. Son muchos los delitos que se pueden cometer en Internet. Sé prudente y revisa las condiciones antes de aceptar. Las reticencias que suscitan el uso de los datos (el uso legal, digo) son diferentes según la edad del usuario. La generación de los millennials acepta sin problemas la cesión de sus datos a cambio de un servicio gratuito. Pero si no es tu caso, muchas empresas dan otras opciones, por ejemplo, pagar por eliminar los anuncios, etc. La opción más drástica: no utilizar ese servicio. Así no consiguen ninguna información que no quieras compartir.

¿Para qué se analizan? Las empresas utilizan los datos que tienen para darte un mejor servicio y que estés más feliz (y vuelvas pronto a gastar más), para ahorrarse costes intentando venderte algo que no te interesa nada (y que, por supuesto, en tu vida vas a comprar) e intentando adivinar qué es lo que vas a querer el año que viene o dentro de cinco años (para no fabricar cosas que no quiera nadie). Cuando las empresas son pequeñas, es más fácil no cometer esos errores. Por ejemplo: imagínate que pones una panadería. Tienes 100 clientes. En unos meses ya sabes que el 50 % te compran barras de pan, el 30% baguetes, el 15% pan de pueblo y el 5 % te compra hogazas. Además, el 75 % te compra todos los días, el 20 % cada dos días y el 5 % una vez a la semana. El 25 % de los que te compran más de dos barras de pan entre semana, pues además te compran unos donuts. Pero si te compran sólo una barra de pan un sábado, pues se llevan una botella de colacola, además de un tigretón. Es fácil intuir que todo se va complicando y que es difícil tener la cantidad de pan adecuada para conjugar varios factores: que todo el mundo tenga su pan disponible, que tenga el producto que realmente quiere, y que tú no tengas que cenar pan duro con donuts resecos y tigretones caducados todos los días porque has calculado mal la demanda. Cuando las empresas crecen, todo esto se complica y es necesario capturar, almacenar y analizar los datos para convertirlos en información válida y fiable, porque la cabeza tiene un límite. ¿Verdad?

¿Es ésto nuevo? Realmente no es nada nuevo, esto es más viejo que los caminos. Una de las preocupaciones de los seres humanos es tener la mayor cantidad de información sobre algo para tomar las decisiones más acertadas posibles. Cuando te vas a comprar un coche, eso queda clarísimo. Buscas, rebuscas, preguntas, investigas, pruebas…todo lo que haga falta para equivocarte lo menos posible. Porque lo que arriesgas merece la pena todo ese esfuerzo previo. En el caso de las empresas es lo mismo. El coste de equivocarse es alto, así que hay que conseguir información para saber si ahora conviene más contratar a más comerciales, o mejorar tal producto que no se vende ni para atrás, o es una cuestión de bajar ese precio, o seguir a la competencia que nos está adelantando por la derecha, o formar a los directivos, que se están quedando obsoletos. Es importante saber qué es lo que falla para poder solucionarlo. Conocer el problema a fondo para solucionarlo. Tener información de la mayor calidad para conocer a fondo lo que ocurre poder decidir bien.

Y ahora puede que te estés diciendo «Si esta mujer no ha hablado nada de Big Data». Ahora voy: Big Data es una tecnología que permite almacenar datos como antes no se podía hacer. Ya no importa si los datos son muchos o pocos, si son grandes o pequeños, si los necesitas ahora mismo o dentro de un mes, si tienen formato número, texto, imágen o vídeo. Big Data lo «traga» todo. Esa es la gran novedad. Pero los análisis, el por qué de las cosas, sigue siendo el mismo de siempre: solucionar los problemas de las personas, de los negocios.

Me queda ahora reflexionar sobre las inquietudes que genera este Gran Hermano, más potente que lo que ideó George Orwell. ¿Realmente estamos perseguidos? No realmente, pues lo que se persigue no es saber al dedillo lo que hace Manuel Menéndez, de 39 años y que vive en Torrelodones; sino qué motiva y cómo se comporta el grupo en el que se encuentra Manuel Menéndez, que será uno que incluya varones, de menos de 40 años, que tienen un nivel adquisitivo X, que viven en un entorno urbano de tal manera.

Toda esta cuestión de la información y el uso que se hace de los datos lleva incluso a discusiones filosóficas. ¿El problema es de la tecnología o del uso que se hace de ella? Todos tenemos presente el debate sobre la energía nuclear, por ejemplo.

Mi opinión: no se pueden poner puertas al campo. La tecnología está ahí, nos facilita la vida. Fruto de nuestra interacción con ella se generan grandísimas cantidades de datos, que son información que nos permiten conocer más nuestra condición humana. No creo que eso sea ni bueno ni malo, es lo que es y lo que podemos hacer es un buen uso de ello.

Cuando el liderazgo caduca

Obama con cara de preocupación

Hace años, cuando dirigía una empresa que no era mía, escuché una frase que no se me olvidará: «ahora no podemos abandonar. Yo, ante la adversidad, me crezco». Este discurso estaría muy bien si la persona que lo hubiese dicho no hubiera estado en el meollo del problema desde el principio. Me hubiera gustado mucho tener la valentía de haberle dicho el clásico «si no eres parte de la solución, es que eres parte del problema».

Parece que, el aferrarse al poder o a la relevancia más allá de lo necesario, es algo típico de los líderes. Resulta paradójico, pues un líder carismático, es una persona que siente que es necesario un cambio, que las cosas no están bien, y es su deseo de cambiar el entorno el que resulta atrayente para los seguidores, entre otras cosas. Pues bien, una vez que estos líderes consiguen el poder, se agarran a él como una lapa, no dejando que nuevos aires entren en la organización y aporten nuevas soluciones, no nuevos problemas.  No se dan cuenta de que el liderazgo caduca.

Pablo Iglesias

Cuando el liderazgo caduca. Pablo Iglesias

Quiero mostrar este fenómeno con tres ejemplos de problemas con el liderazgo, pero con diferentes respuestas a este hecho.

Comienzo con UPyD. He sido parte de ese proyecto político durante casi 5 años, hasta octubre de 2014. Desde entonces, aún les sigo la pista. No me ha sorprendido nada de todo lo que ha pasado desde entonces, pues este declive mayúsculo hace mucho que se veía venir simplemente con mirar y ver un «liderazgo caduco» por parte de Rosa Díez, C.M Gorriagán y algunos otros que formaban parte del Consejo de Dirección del partido. Aunque ya hace más de un año que se veían los problemas que causaban, ellos creían (ingenua y erróneamente) que formaban parte de la solución. De hecho, aún lo siguen pensando, dadas sus comentarios en las redes sociales de estos días. Flaco favor hacen a nadie del partido cuando abren la boca, pero siguen haciéndolo. Son incapaces de ver que han caducado hace mucho tiempo. Se agarran al poder como una lapa, como aquellos mismos a los que criticaron en numerosas ocasiones.

Sigo con Podemos, que también están sufriendo la cara oculta del liderazgo. En este caso me sorprende, por inusual, que el partido hable abiertamente sobre este hecho clave en un partido político. Cuando el líder comienza a dar síntomas de perder lustre, es hora de pensar en una nueva estrategia. Parece que lo tienen en mente. Veremos lo que les va pasando.

Termino con Obama. Líder carismático por excelencia, aunque no ha mostrado ¿aún? su cara oculta. Puede que no la tenga o puede que, la limitación de mandatos que existe en Estados Unidos, le proteja. Hace unos días, en la Unión Africana, Obama echó en cara a algunos colegas africanos el abuso del poder que da el liderazgo. Además, manifestó públicamente que él, por ganas, también seguiría, pero que la ley de limitación de mandatos estaba ahí para algo.

Creo que estos ejemplos muestran que es casi imposible que alguien no sucumba a la posibilidad de aferrarse al poder o a la influencia. La diferencia está en cómo afrontar este hecho dentro de la organización. Los lideres caducos son parte del problema, aunque no lo saben. Y lo que hacen es entorpecer la llegada de la tan ansiada solución. La misión de los nuevos líderes, y de los seguidores, es hacérselo saber.

Varuvader, el lado oscuro de Varufakis

El lado oscuro de Varufakis

¿Qué es lo que llama de Varufakis?¿Por qué ha llegado a tener tanta influencia?¿Qué es o que había detrás de sus maniobras? La primera vez que vi una foto de este hombre pensé: «Este tío no es guapo, pero tiene algo». Fue hace un tiempo y poco sabía de la que iba a armar a raíz de la influencia que le da «ese algo», entre otras cosas.

Hago esta entrada porque me parece que Yanis Varufakis es la viva imagen del lado oscuro del líder carismático.

Varufakis, el ejemplo del lado oscuro del liderazgo carismático

El lado oscuro de Varufakis

Voy a describir cómo se suele comportar este tipo de líderes y, por supuesto, qué hacemos los demás para que ellos puedan hacer lo que hacen. Como sabéis, en el liderazgo hay dos partes: el líder y los seguidores. Uno sin los otros no tiene sentido.

Para los seguidores, un líder carismático es lo que llamamos «alguien excepcional». Nos parece que todo lo que dice es palabra divina, nos gusta que nos haga caso, presumimos de conocer a esa persona, etc. Desde afuera, lo que vemos en esa persona es que es una luchadora, que busca por cambiar las cosas y mejorarlas, que busca nuevas oportunidades y que le llevan a la acción, al cambio, sin desfallecer a pesar de los obstáculos y las penurias y con una tenacidad digna de elogio. Además, convence y motiva, hace pensar que todo es posible, que el éxito está al alcance sólo con estirar la mano y que, si algo está claro, es el camino que hay que seguir para que todos vayamos hacia el paraíso.

Si lo vemos así, ¿qué problema hay en todo esto? Sólo parece haber cosas positivas: la gente está contenta, tiene confianza, está motivada, tiene las cosas claras. Vamos ahora al lado oscuro, a la cara oculta.

Cuando un político carismático comienza a mirarse demasiado el ombligo o pierde el contacto con la realidad fruto, sus acciones pueden comenzar a tener una motivación estrictamente personal. En el lenguaje común, que empieza a mirar sólo para sí mismo. Ahí comienza el peligro, pues emplean toda esa fuerza, motivación, energía, tenacidad y brillantez en conseguir SUS PROPIAS metas, no las de todos, como habían venido cantando hasta el momento.

Los seguidores, al seguir embelesados por los cánticos de sirena, tardarán en darse cuenta del giro que ha tomado la situación. Seguirán luchando por su héroe, por llegar a ese paraíso soñado donde todo es felicidad y su líder caminará entre ellos como uno más. Grave error.

Seguro que, ahora con estas pocas líneas, ya todos tenemos claro cuál es el perfil de Varufakis, o Varuvader, como le llamamos en mi casa. Su lado oscuro ha quedado ya claro y manifiesto, pero el destrozo que ha causado antes, mientras los seguidores tenían la venda en los ojos, tardará en solucionarse. Que se lo digan a Tsipras, que debe bajar los santos cada vez que recuerda cómo se dejó engatusar por una persona con más carisma que él.

 

 

El marketing político es bueno para un partido, de verdad de la buena

marketin político upyd

Este post, el primero de muchos que voy a escribir, va dedicado al marketing político. El disparador de este post fue una noticia política publicada ayer. El partido protagonista es UPYD. Mira que ya es poco protagonista de nada, pero en este caso puedo decir que fue el motivo de mis desvelos.

«UPYD no es un partido de moda pasajera y no hacemos marketing político» dice Águeda Arranz, nuevo componente de el CD del partido, en un medio de comunicación. En la entrevista repite la idea en varias ocasiones, supongo que consecuencia de la profunda animadversión que le produce el concepto. Habla de varias cosas más pero lo que deja claro, clarísimo, es que en UPYD no se hace marketing político.

Nube de palabras marketing político

marketing político

No voy a negar que mi primer pensamiento fue que, vista la situación actual del partido y su previsible futuro, es obvio que no lo han hecho durante mucho tiempo, pero me gustaría aventurar cuáles han sido los motivos para tan profundo rechazo.

Antes de nada dejadme decir que pertenecí a UPYD durante cinco años, pero que mi reflexión nada tiene que ver con mi experiencia personal y sí con mi visión del concepto de marketing político. Por lo tanto aplico esta misma reflexión a cualquier organización política, sea del signo que sea.

Para el que necesite saber en qué se diferencia el marketing político del marketing de toda la vida, la respuesta es la obvia: se trata de aplicar las estrategias de marketing para «vender» una ideología, un programa o un candidato. Así lo dice Javier Barranco, autor del libro «Marketing político» al que conozco y respeto.  Es decir, se trata de vender expectativas, logros futuros en materia política.

Seguro que la palabra «vender» es lo que rechinaba a Águeda Arranz, pienso que igual que a muchos de la actual directiva de UPYD. Supongo que entienden que vender significa manipular la mente del elector de una manera inconsciente y malévola con el objetivo inmoral de condicionar el sentido del voto.

Desde luego, mi opinión es claramente opuesta y parte de la premisa de que para vender lo que hay que hacer es comunicar, informar, transmitir las bondades de tu producto, perdón, proyecto político. Para vender necesitas conocer bien a tu público, escucharle, saber lo que quiere, lo que necesita, aunque no te lo diga expresamente. Hay que leer entre líneas para separar lo que las personas decimos de lo que hacemos porque, ya sabes, «tus hechos hablan tan alto que no me dejan oir lo que dices».

El marketing se ocupa de eso, de conocer a las personas, de separar el grano de la paja para extraer la información importante que nos ayuda a saber qué es lo que necesita de verdad la persona (o votante) que tenemos delante. Cuando sabemos eso, traducimos nuestro proyecto (producto) a un lenguaje que nuestro interlocutor pueda y quiera entender. La comunicación es clave, y para ello tienes que ponerte en la piel del otro, escuchar, asimilar, elaborar y comunicar. Después de un largo y empático proceso, crees que ya sabes cómo curar los dolores de los otros, cómo hacerte entender para decirle que sabes solucionarlos, y es a partir de ese momento cuando ya te queda realmente trabajar para cumplir con las expectativas.

Queda claro que el marketing político forma parte, está entremezclado, es íntimo, al proyecto político, a la organización de un partido, y a la puesta en marcha real de las propuestas que, en un inicio, sólo eran la idea de unos cuantos.

Mi consejo no solicitado, para los responsables de UPYD, es que abracen el marketing político antes de que sea demasiado tarde para ellos. Que dejen caer la venda de prejuicios que les enturbia la visión de ese concepto y que intenten abrazarlo. Mejor tarde que nunca.

 

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