Esperamos de un bombero que sea una persona bondadosa, generosa y orientada a la ayuda. De un guardia civil que sea honesto, obediente, dispuesto a luchar contra el mal a cada minuto de su vida y con un fuerte sentido del deber y de la patria. Creemos que una enfermera es protectora, cariñosa, amable, con una fuerte vocación y dispuesta a ayudar al prójimo.

Sin embargo, mi colega Juan, bombero de toda la vida, es un tío normal y corriente, que paga sus rondas los sábados por la noche, pero no especialmente generoso. Manuel es un tío serio y obediente, puede que el mejor guardia civil que haya conocido, y también ve cómo se cometen infracciones delante de sus narices cuando está de paisano y hace lo mismo que todos los demás: nada. Berta es una gran profesional y cura como nadie, muy amiga de sus amigos y con una gran vocación, pero pocas personas resaltaremos como sus puntos fuertes el que sea muy cariñosa y amable.

Son unos pocos ejemplos de cómo encasillamos a las personas por sus roles profesionales casi todos los días y cómo, ese hecho, hace que no nos paremos a pensar en la persona más allá del profesional. Ni siquiera nos importa eso cuando un bombero acude a un accidente a sacar a alguien atrapado en su vehículo (estamos seguros de que es una buena, buena buenísima persona); cuando el guardia civil nos para en nuestro viaje por un control de seguridad (“Menudo capullo, ¡es que no tiene otra cosa que hacer!”) o cuando miramos con ojos de cordero degollado a la enfermera después de habernos roto un dedo.

Conclusión: vemos lo que queremos ver y confundimos el rol con la persona. Además, por si fuese poco, el rol también está influido por el género.

¿Habrías confiado igual que en Juan, el bombero, si hubiese sido una Sonia la que hubiese acudido al accidente?¿Habrías soltado los mismos improperios (en tu mente) si Ana es la que te para en un control de alcoholemia? ¿Verías a Antonio (con 100 kg y 1,95 m) como alguien cariñoso y amable si es el que te tiene que poner el enema?

En nuestra vida profesional vemos a los demás de forma distorsionada por su rol profesional y, además, ellos nos ven así a nosotros. Este hecho complica las cosas especialmente cuando los roles implican comportamientos muy diferentes a los que realiza la persona fuera de su trabajo. Como cuando un artista, al que se le presupone una persona agradable, simpática, accesible, sensible y llena de amor por sus fans es capaz de dar una mala contestación (incluso un guantazo) a un fan que invade su vida personal. O cuando un jefe, al que cada día se le ve preocupado por las tareas, los presupuestos, la imagen de la empresa y los horarios, te lo encuentras en el bar de la plaza de su pueblo con su familia y amigos, en chancletas y camiseta de los Guns, partiendo el filete a sus hijos pequeños y riéndose a mandíbula batiente.

Ni tú, ni yo, ni nadie, somos realmente tal y como se puede inferir del rol que adoptamos en nuestro trabajo. Lo inteligente sería no dejarnos cegar por ello, ¿verdad?