Michael Jordan, Larry Bird, Shaquile O’Neil, Lebron James y Stephen Curry.

Si alguna vez me veo en un apuro del que sólo me pueden salvar recordar nombres de jugadores míticos de la NBA, espero que me sirvan con estos cinco, porque a duras penas podría decir alguno más. Ah, sí, Paul Gasol.

El nombre de Stephen Curry, de los Golden State Warriors, lo aprendí hace tan sólo unos meses. De oírlo a mis hijos (entusiastas del baloncesto) todos los días. Dado que ese es un tema que me apasiona poco, la verdad es que el nombre de este chico, por un oído me entraba y por el otro me salía. Es lo que nos ocurre a todos cuando algo nos importa un pimiento. No recordamos nada.
Comencé a prestarle un poco de atención en el All-Star de este año, hace unas semanas, que sí que lo ví. Ví a un chico al que todo el mundo adora, majo, resalao, nada macarra (la antítesis del también mítico Iverson), educado…y con un talento que traspasa la actividad que está haciendo. Lo mismo podría hacer cestos de mimbre, ser arquitecto o limpiar ventanas…simplemente el chaval es extraordinario.
Aunque piense que lo que hace no puede tener menos importancia (no se la veo a meter pelotas en un cesto alto subido a un palo), sí que es importante la influencia que tiene el la gente que lo ve, que lo sigue. Esto hace que sus logros deportivos trascienda a su propia persona. Ahí es donde ya entra en mi ámbito de interés.
Las hazañas baloncestísticas de este chico no tienen parangón. Que si triples desde 11 metros en el último segundo con una canasta decisiva que hace que su equipo gane, meter 75 triples seguidos en un entrenamiento, o batir año tras años su propio récord de mayor número de triples en un partido y en toda la temporada de la NBA. La gente acude a los estadios en los calentamientos sólo para verle, los más jóvenes de la NBA se atreven a tirar desde 7 m sin rubor, y los niños de 11 años de cualquier equipo madrileño intentan imitarle, aunque sepan que tienen que ponerse debajo de la canasta para tener alguna mínima probabilidad de encestar.
Su superioridad es tan alta que la NBA está valorando introducir nuevas normas para regular los tiros de larga distancia con una nueva línea de “4 puntos”.
Miles de millones de personas tenemos vidas normales y corrientes; y utilizamos los recursos y herramientas que otros inventan, planifican, desarrollan, crean. Cientos de millones de personas del primer mundo, con las necesidades básicas más que cubiertas y con un montón de educación y recursos a nuestra disposición, somos capaces de cambiar poco de nuestro entorno. Incluso de nuestro sector, ese que conocemos bien, del que lo “sabemos todo” y que “dominamos”, lo más que hacemos es ir a rueda de las ocurrencias de los grandes gurús.

Mientras nosotros gastamos nuestra vida en tener una hipoteca, un coche grande y que nuestros hijos vayan con el disfraz adecuado a la fiesta del colegio, otros talentos rompen las normas y descubren nuevas formas de hacer las cosas.

Y así es, porque la humanidad no avanza de forma continua, si no mediante disrupciones que los talentosos y los visionarios fuerzan con sus habilidades, conocimientos y voluntad de cambiar el entorno. Los demás miles de millones de almas, poco aportamos más que mirarnos al ombligo durante las décadas que estamos por aquí.

Ahora tengo el reto de poder decir de memoria una lista de 5 visionarios de la lucha contra el cáncer. Ya verás cómo tengo que currármela más que la de la NBA.