Mis fracasos profesionales: el lado oscuro del emprendimiento

Dicen que fracasar es de humanos. Entonces me sale la humanidad por las orejas.

En otras páginas y entradas de este blog expongo mi “lado bueno”, lo que he hecho en estos años de trayectoria profesional, los logros que he conseguido, las competencias que he desarrollado… Pero reconozco que me falta contar el lado oscuro, los fracasos profesionales a los que me he enfrentado y que me han curtido más de lo que me hubiera gustado.

He fracasado en innumerables ocasiones. Tantas, tantas, tantísimas que sólo recuerdo las que han sido gordas y han tenido un impacto grande en mi vida, ya sea desde el punto de vista profesional o personal. De algunos fracasos aún arrastro secuelas, años después, que siguen incidiendo en mi vida, a diferentes niveles. Ya quisiera yo poder ponerlos en la categoría de “cicatrices de guerra”. Qué va, siguen aún en la de “heridas abiertas pendientes de cura”.

Como muchos, la primera torta me la dí de estudiante. No voy a entrar en eso, porque casi 20 años después suena a nadería y a historia de la mili. Así que sigo cronológicamente.

A los pocos meses de terminar la carrera, con mis veintipocos a la espalda, no se me (nos) ocurre otra cosa mejor que poner una tienda abierta al público. Temática: videojuegos. Lugar: un pueblo asturiano de 7.000 habitantes. La leche fue macanuda, como decía mi abuela. Duramos 3 meses abiertos. Lección aprendida: No pidas créditos para abrir un negocio a puerta de calle sin haber tenido el cuenta el volumen de público que vas a tener y el margen de cada venta. Además, ningún negocio que tenga stock y que éste se quede obsoleto rápidamente. Una ruina. Con ayuda de familiares y mis ingresos como ingeniera (mucho menos interesante y divertido, pero más rentable), pues pudimos salir adelante.

La siguiente leche fue cuando pusimos un e-commerce de gastronomía asturiana. Fue en 2006. Teníamos una marca chula, un nombre estupendo, una web bien hecha (aunque no te proporcionaba ninguna analítica de NADA) y mucha ilusión. Con ayuda del CEEI de Asturias hicimos un plan de negocio. Era estupendo y teníamos todo pensado: si no lográbamos vender lo suficiente online, siempre podríamos vender a los turistas que visitaban la zona. Además, teníamos acuerdos con proveedores para no tener stock. Tampoco necesitábamos adecuar un local, eso que nos ahrrábamos. Con una inversión pequeña, además subvencionados con Fondos Europeos (programa PRODER), pues nos lanzamos adelante. El resultado: conseguimos vender chorizos, quesos, fabas…pero no las suficientes. Aún utilicé las maravillosas cajas con la impresión de www.lavacacuadrada.com para meter la ropa de los niños en la última mudanza. De nuevo, otro fracaso, eso sí, muy rico y sabrosón.

Reconozco que, a estas alturas, el olor del fracaso ya me estaba siendo familiar. Eso no quiere decir que te acostumbres, que no creo que se pueda llegar a hacer nunca. Pero ya lo reconoces, eso sí. Huele feo: amargo, ácido, picante…no me gusta, no.

Después de un tiempo de dedicación exclusiva a mi despacho de ingeniería me surgió la posibilidad de dirigir una empresa ajena. La ilusión fue increíble. La empresa tenía 3 años. Yo sabía que estaba en problemas. Pero lo que no tenía ni idea era de la profundidad de estos problemas. La compañía tenía 75 socios, varias ampliaciones de capital a la espalda, una producción baja para la dimensión que pretendía alcanzar…Los problemas salían por doquier y el equipo dio lo máximo de sí con los escasos medios de los que disponía. Pero ya no había nada que arreglar. De esa intensa experiencia aprendí muchísimo de la gestión de las empresas, de la delicada paz social cuando hay muchos socios, de la importancia de la gestión financiera, de la planificación estratégica (y las consecuencias de la falta de ella).

Aún así, con ese conocimiento, la siguente ocasión de emprendimiento también fue difícil. La que más hasta el momento. Al principio todo parecía maravilloso: teníamos clientes antes de crear la empresa, los clientes pagaban por anticipado, los proveedores eran de calidad. Al cabo de un tiempo la crisis inmobiliaria dio la puntilla a los sectores de la arquitectura y la ingeniería y todo se vino abajo. De nuevo, no puedo más que agradecer al equipo su entrega hasta el final, hasta el último aliento. Pero no pudo ser, de nuevo.

Como persona tozuda hasta la médula que soy, ahí no terminó mi aventura. Intenté poner en marcha una startup que aúna tecnología y psicología. La idea me encanta, pero no logré la financiación necesaria para llevarla a cabo. Diversos organismos públicos y privados relacionados con el emprendimieto supervisaron y participaron en el proceso de la maduración de la idea y del desarollo del business plan. Me metí de lleno en el ecosistema startup. Presenté el proyecto a diversos premios para emprendedores, y en algunos quedamos en un estupendo lugar. Aún ahora, sigo creyendo que algún día veré ese maravilloso proyecto hecho realidad, aunque sea poniéndolo en manos de otras personas. ¿Soy demasiado ingenua?¿o es simplemente idiota?

Sé que este listado de fracasos no terminará aquí. Sé que acumularé unos cuantos más. No sé aún si serán grandes o pequeños, por mi culpa o por la de otros, por cuenta propia o ajena…pero he aprendido, de todos y cada uno de ellos, que son la cara oculta del emprendimiento.

Por suerte, también en estos años he disfrutado de la cara vista, la buena, la que te da alegrías, la que te da también dinero para poder criar a tus hijos con tranquilidad, para acostarte con la sensación del trabajo bien hecho. Tengo claro y grabado a fuego en mi mente que ambas caras son inseparables.

Mi aprendizaje de estos fracasos: seguiré intentando hacer lo que me gusta, ya sea en proyectos propios o ajenos, eso ya lo iré viendo en el camino. Eso sí, el camino tiene un destino claro. Ya decía mi abuelo: “no me des, ponme donde haiga”.

 

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