En unos de los lados tiene una cicatriz de la operación de vesícula. Fue hace 4 años ya. El tiempo pasa rápido. Además, tiene más profundidad de la que me gustaría. Puede ser el exceso de cañas, nachos y golosinas veraniegas varias. Cuando me incorporo, las comisuras se van hacia abajo. Mi hermana se parte de la risa diciéndome que parece que está triste. Todo esto me viene a la cabeza cuando me miro el ombligo. Son cosas pequeñas, naderías. Micropensamientos en un micromento. No da para más.

La matrícula del mayor en el Insti, la ITV del coche, los libros de texto, la cadena de distribución caducó hace 10.000 km…más naderías. Sin querer, sigo mirándome al ombligo. Un rollo que no va a ningún lado.

Cena en casa con otros amigos. Quieren revolucionar el mundo con su voto. Pero sólo un poquito. Sólo para que ella pueda encontrar una plaza de investigación cuando termine el doctorado. Pero que no cambie mucho todo. Sólo lo justo para que tengan más dinero para la entrada del piso. Encienden la mecha pero lo justo para no asustarse. Eso tampoco lo quiere nadie. Se definen como asaltaiglesias del siglo XXI. Pero que nadie se queme. Y mucho menos ellos. Les oigo y les miro mirarse a su ombligo. No existe nada más.

Tarde de cañas y tapas con los amigos de toda la vida. Anécdotas de hace 20 años por doquier. Nos miramos el ombligo en grupo. Hablamos de nosotros cuando éramos más ágiles y aguantábamos la resaca del domingo sin problemas. Más ombliguismo.

Una noticia en Twitter de un planeta que está atraído por tres soles. Está en tal equilibrio gravitacional que, a la mínima variación de su órbita, saldría despedido al fondo del Universo. Nunca se pone el sol, pues se van turnando las tres estrellas para tenerlo siempre iluminado. Hay ocasos pero no noches. Ese planeta dominado por tres hace que nuestra mente se aleje de la cicatriz ovalada en nuestra cintura y que miremos arriba. Nos vamos a los conceptos de lo macro. Si estás todo el rato pensando a ese nivel, puede que te explote la cabeza. Al menos es mi sensación.

Volvemos a la caña y a la croqueta. Mundanas y ricas. La interrupción planetaria ha elevado el nivel de la conversación. Ahora ya comenzamos a hablar de ideas, de cómo queremos que sea el mundo en el que estamos, y a quién le podemos encomendar la tarea de mejorarlo a mayor nivel que nuestro micromundo. Somos conscientes de que nos cuesta dejar de mirar el ombligo. No somos capaces.

Valoramos las cualidades que tendría que tener esa persona que cargará con nuestra tarea titánica de mejorar nuestro mundo de forma sustancial. Caemos en la cuenta. No, mejor que sea un grupo de personas. Esas personas tienen que ser honestas, educadas, formadas, íntegras, bondadosas, firmes en sus convicciones, que sepan diferenciar entre el bien y el mal, compasivas…¿Superpersonas?

Después de pensar y pensar, de elevar la vista (y el pensamiento) por encima de nuestras cabezas, llegamos a la conclusión de que queremos delegar en personas ” que hayan sido capaces de sacar algo adelante”. Que hayan demostrado que hace tiempo que no miran a su ombligo porque han estado ocupadas participando y llevando adelante algo más grande que ellos mismos. Lo primero, cuidando de los suyos. Lo segundo, cuidando de otros. Lo tercero, olvidándose de sí mismo.

Más allá de mi ombligo encuentro lo que necesito. Está cerca, pero casi no lo veía por tener el cuello doblado mirando cicatrices añejas, cúmulos de grasa y evidencias del natural paso del tiempo. Más allá de mi ombligo están mis hijos, mi marido. Están mis metas y mis sueños. Aún no veo más allá.