Da igual que hablemos de un local, de un plato de comida, de un estilo de vestir o de una persona. Lo auténtico es absolutamente irresistible.

Esta semana comí en un restaurante ubicado en la Cava Baja de Madrid,  que era auténticamente antiguo. ¿300 años? No tengo ni idea de su datación, pero lo que no me cabe duda es de que aquellas vigas vistas de madera eran auténticas, igual que el portón de madera de la puerta de entrada, o el lechazo al horno que pusieron. Irresistiblemente auténtico.

Las albóndigas que hago con mi marido los domingos. Con mimo compramos la carne de vacuno, las verduras, cocinamos a fuego lento. Ummmmmmm. Auténticas 100 %.

También algunas de las personas que tengo alrededor tienen el gran atractivo de lo auténtico. Da igual más bajas o más altas, más gordas o más flacas…todas tienen “eso” en la mirada y en su lenguaje corporal que hacen que los demás quieran seguirlas a donde vayan. Demoledoramente auténtico.

El aura que desprenden las personas “auténticas” se extiende más allá de los tres grados de influencia básicos de cualquier humano. Sus tentáculos llegan más lejos y ello hace que consigan más cosas, o mejores o, al menos, las que ellos quieren.

Ser auténticamente auténtico es difícil de entrenar, pues si se trabaja …se nota y pierde todo su atractivo. Precisamente porque lo artificial es lo opuesto. Lo auténtico tiene ese carácter indómito, racial, indomable que resulta atractivo y penetra en el seguidor hasta el tuétano.

Y realmente no es tan difícil vivir auténticamente. Por lo que sé, lo que conozco, lo que tienen en común estas personas es que viven acorde a sus valores. No saben lo que es la famosa disonancia cognitiva (ese regustillo de malestar que sentimos cuando estamos haciendo algo con lo que no estamos de acuerdo).

Los líderes necesitan tener unos valores que dirijan el rumbo de su vida, de su trabajo, de sus proyectos, de su minuto a minuto. No pueden salirse de ellos. Es el precio de la autencididad auténtica.