Un día en el trabajo llega tu jefe y te dice que “trates bien” al chaval con cara de despistao que le sigue en ese momento. El chico se sonroja y sonríe tímidamente. Es listo y sabe que esas dos palabras le van a costar dos meses de un gran esfuerzo. Esas dos sencillitas palabras acaban de crear una barrera en tu cerebro y ese hombre de 30, al que acabas de conocer, ya te cae mal porque es un “enchufado”. Tú estás pensando: “ya somos pocos, y parió la abuela. Lo que me faltaba, un pardillo de primera y, además, intocable”. Esa barrera es un telón de acero que le va a costar tiempo derribar.

Las relaciones sociales son cruciales en la vida de una persona. Los humanos no podemos crecer y desarrollarnos en soledad. Es imposible. Necesitamos cuidadores desde nuestro primer minuto de vida y esa necesidad de compañía estará con nosotros hasta nuestro último suspiro. Pasamos los primeros años centrados en la familia, primero en mamá, luego ampliamos a papá, hermanos y abuelos. En la adolescencia nuestro foco cambia a los amigos. Exploramos el entorno un poco más valientemente, pero siempre necesitamos nuestro fundamento seguro, nuestro lugar refugio donde sabemos que nada nos pasará porque tenemos a nuestra gente. Ni qué decir tiene que, si estás leyendo esto, es porque ya dejaste atrás la adolescencia y estás de lleno en la adultez. Y hay algo que sigue constante después de todos estos años, aunque hayas cambiado de ciudad, de trabajo, de intereses, de vida: estás rodeado de personas y tienes que relacionarte con ellas.

Esta obligación a la vida social no implica que conozcas en profundidad las normas que la rigen. Ni siquiera que te revuelvas bien en ella. Es más que común el notar que “la gente es difícil”, sentirse incomprendido y tardar mucho en saber por dónde van los tiros en las relaciones personales. Eso afecta en el trabajo, en los grupos de deporte, en los partidos políticos. Allí donde haya un grupo de personas. El chaval de la anécdota es un tío muy hábil en ese campo, por eso se dio cuenta al segundo de que la frase del jefe había fastidiado (y mucho) su aterrizaje en la empresa. Sabía que tendría que superar el rechazo inicial de sus nuevos compañeros por creerle “enchufado”. Tenía claro que iba a tener que sudar sangre para demostrar que valía por sí mismo, que no era un pelele de nadie. Y estaba dispuesto a ello, porque no valía quejarse. Así era la vida. Si él hubiese estado en el papel de la otra persona, también habría recelado. Seguro. Va en la condición humana.

Conocer estas normas sociales y moverse bien entre ellas es lo que se llama Inteligencia Emocional. Daniel Goleman, periodista y psicólogo, desarrolló largo y tendido ese concepto en sus libros. Os animo a leerlos. No es nada fácil mejorar las competencias sociales, pero se puede hacer. ¿Por qué hacer ese esfuerzo? Porque es una inversión. Y ahora paso al meollo de este artículo: EL CAPITAL SOCIAL (pero no desde el punto de vista financiero).

El capital social es un concepto un poco escurridizo, es difícil de medir, tiene muchas dimensiones que influyen en él, además es algo intangible y que depende del contexto. Pero lo que es indudable es la importancia que viene en la vida de las personas, a nivel de desarrollo personal, pero también a nivel económico. Sí, aumentar nuestro capital social es invertir a corto, medio y largo plazo, en salud psicológica, pero también en oportunidades de mejora profesional.

Haciendo una definición sencilla y que no contenga palabros técnicos: el capital social es la cantidad de personas a las que conocemos y que estarían dispuestas a ayudarnos. La ayuda no tiene por qué ser económica, sino que puede ser darnos conocimiento (un consejo que necesitamos para poner en marcha nuestro proyecto) o relacionarnos con otras personas (presentarte a un amigo suyo que puede ser un gran proveedor tuyo).

Existen varios intentos de medir el capital social, desde diversos puntos de vista. A mí me gusta una combinación de varios de ellos, por lo que he creado mi propio método. Si quieres, diviértete un rato poniéndolo en práctica (expongo la versión más simple que tengo). Te lo voy contando paso a paso:

  1. Coge varios folios y un lápiz.
  2. En cada folio, arriba, escribe una palabra que te ayude a recordar de dónde conoces a la gente. Por ejemplo: FAMILIA, COLEGIO, UNIVERSIDAD, TRABAJO, ASOCIACIÓN DE MONTAÑISMO, CLUB DE PINTURA, LUGAR DE VACACIONES, etc.
  3. En cada uno de los folios haz una lista con todas las personas que recuerdes que conoces de cada uno de esos sitios. Habrá nombres repetidos, así que ponlos sólo en la lista en la que creas que encaja mejor. Deja bastante espacio entre líneas, pues luego tendrás que recortar los papeles. Antes del nombre de la persona, pon un código que te ayude a relacionarlo con el grupo al que pertenece, por ejemplo, si es tu cuñado puedes poner “F(familia)- Antonio”
  4. Piensa en el grado de confianza que tienes con cada persona y ponlo como un número de 0 al 10.
  5. Ahora toca el grado de similitud con tus intereses profesionales. También márcalo como un número del 0 al 10.
  6. Un último par de números. Valora del 0 al 10 la utilidad que puedes tener tú para esa persona desde el punto de vista profesional, y la que ella puede tener para tí. Por ejemplo, en el caso del chico del inicio, el par de números que refleja la utilidad con la persona que le dió el puesto puede ser: 2/9 (aunque siempre puede pasar el tiempo y cambiar las tornas, por supuesto).
  7. Es el momento de las manualidades. Recorta en tiras los nombres de las personas seguidos de sus números y haz grupos con los que tienen los valores más altos (más de 7). Seguramente te saldrán más de 150 personas.
  8. Ordena, dentro de los que tienen valores altos, a los que pueden ayudarte a conseguir mejorar tus proyectos y, además, que tienes mayor confianza. No descartes a los que ves más lejanos, pues una de tus labores deberá ser mejorar la relación con esas personas. Ahora, el número inicial se ha reducido bastante, ¿verdad?
  9. Reflexiona, escribe tus conclusiones y las ideas que te vienen a la mente. ¿Crees que tu capital social es suficiente para conseguir tus metas profesionales?¿A quién puedes ayudar a mejorar en su proyecto profesional?¿Quiénes son las personas que quieres que te acompañen en ese camino?

Puede que te hayas puesto manos a la obra a intentar visualizar tu capital social con las  instrucciones que te he dado, o puede que hayas pensado que todo esto es una forma muy frívola de ver a las personas y las relaciones entre ellas. Respecto a esto último, te argumento que en absoluto estoy diciendo que la manera de mejorar tu capital social sea manipular, engañar o aprovecharse de otras personas. Por suerte, los humanos estamos preparados para detectar las “mañas oportunistas” y te aseguro que, con esas técnicas maliciosas, nunca conseguirás el apoyo del resto de las personas.

El aumento del capital social se consigue estableciendo conexiones de alta calidad, que se basan en el entusiasmo, en el respeto y en la reciprocidad. De ahí que sea tan importante que, antes de pensar qué pueden hacer otros por tí, tengas en mente qué puedes hacer tú por esas personas que has puesto en tu lista.

Como consejos:

  • Implícate en tus relaciones con otras personas, no las des por sentadas. Sé entusiasta, aprovecha ese momento para disfrutar de verdad de la otra persona. Concéntrate en ella. Escucha. Seguro que en otro momento tienes tiempo para pensar en lo que harás de cenar esta noche.
  • Respeta. De nuevo, vuelve a escuchar. Interésate por sus cosas. No vanalices sus motivos o preocupaciones.
  • Da un feedback positivo. Demuestra tus emociones.