El caos es previsible. Mucho. Se le ve a lo lejos. Como una tormenta en campo abierto. El aire se torna diferente. Se mueve de forma distinta. Huele distinto. Lo notas en la piel y también al respirar. Sabes lo que viene con certeza. No me gustan las tormentas en campo abierto y no me gusta el caos.

Sin embargo, no me importa nadar en la incertidumbre. La incertidumbre es como esperar una sorpresa. Puede ser buena o ser mala, pero no sabes lo que va a venir. Es lo contrario de una certeza. La incertidumbre mantiene la esperanza aún viva de evitar el caos.

Tengo la suerte de ser muy sensible a los sistemas en estado caótico. Los huelo, los noto, los siento mucho antes de que ocurran. Es como ver llegar la tormenta desde 30 km de distancia. Da margen de maniobra si has sabido acopiar recursos y trazado un plan. La planificación es como timón en la incertidumbre. Me ayuda a no ir directa al caos, al desorden o confusión obsolutos.

Se puede planificar una mudanza a otra ciudad, o echar gasolina al coche cuando vas a hacer un viaje largo. También se puede planificar una reunión con un cliente con mucho potencial, el proyecto de una concentración parcelaria, o cuándo, cómo y con quién hacer el disfraz del cole de tu hijo pequeño.

El 90 % de nuestro día a día es planificable a pesar de la incertidumbre en la que nos movemos, porque no podemos controlar el 100 % de nuestro ambiente. Las personas actuamos sin medir el efecto en otras. Además, hay cosas que simplemente ocurren delante de nuestros ojos. Aún sabiéndolo, me quedo con el 90 % planificable y me aferro a él.

Pensar, reflexionar, diseñar, planificar, prever, analizar, inferir, programar, premeditar, preparar, proyectar, sistematizar. Son acciones que mantienen el rumbo de cualquier sistema. Que alejan el camino del caos y evitan los costes asociados a éste. El coste del caos es alto. Estar en él es como estar a cielo abierto con la tormenta encima de tu cabeza. Si todo va bien, sólo te mojas. Si va mal, te parte un rayo. Pero es imposible irse de rositas.