Trabajas en una empresa grande y tienes la impresión de que eres un hombre-orquesta. Trabajas en una empresa pequeña y tienes la impresión de que eres una mujer-orquesta. Da igual donde trabajes, la sensación de que haces demasiado para conseguir muy poco es casi universal.

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No es fácil lidiar con la percepción de falta de control cuando te ocupas de todo. Clic para tuitear

Desde buscar clientes, encontrar los recursos y organizar a las personas para que el día a día no sea un caos. Coges el teléfono para atender a un cliente, mientras miras en el calendario si tienes un hueco para llamar a ese contacto que aún está caliente y puede ser una venta. Tu compañera de al lado te pregunta si sabes cómo va lo del proyecto, que se está retrasando todo.

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Imagina que eres el director de una orquesta dirigiendo “El bolero de Ravel“. Están todos los músicos en el escenario, pero la música comienza con sólo una caja, a la que enseguida se le suma el oboe. Son sólo tres personas en un esbozo de lo que será la obra, aún por tocar. Pero el ritmo está claro, la caja lo marca. El oboe hace la melodía, que resulta tímida en los primeros momentos, pero segura de estar en el momento y lugar adecuado. Al leve gesto del director de orquesta, se van sumando los demás instrumentos, de forma ordenada, contribuyendo a que la obra muestre toda su belleza, emocionando. El ritmo sigue impertérrito, claro, marcando la marcha mientras la música crece en todos los sentidos por el aporte al conjunto de todos los demás instrumentos. Es una obra que me emociona desde pequeña, que muestra la grandeza de la colaboración, del comienzo humilde que seduce e intriga haciéndote querer saber cómo es el final.

Qué diferencia entre la explosión final del Bolero de Ravel sonando en un escenario y ese hombre-orquesta que recorre las fiestas de pueblo con una trompeta vieja en la mano, un bombo descolorido en la espalda y una armónica colgando del cuello.

En la primera, la música se muestra en toda su magnificiencia, fruto del conocimiento compartido y la colaboración de decenas de músicos bajo la batuta del director, conocedor de la obra al completo, desde principio a fin. Sin embargo, en las fiestas de pueblo lo que vemos es a una persona con un montón de trastos encima, afanándose por no quedarse sin resuello entre soplido a la trompeta, pisotón al pedal del bombo y otro soplido para la armónica. Todo su afán es obtener unas monedas de los viandantes que pasen a su lado y que valoren su esfuerzo a pesar de los pésimos resultados musicales.

Las empresas también están formadas por músicos, por unos pocos o por muchos, pero sólo el número no hace una orquesta, como no hace un equipo. En ocasiones voy a empresas donde hay decenas de hombres y mujeres-orquesta. Cada uno de ellos luchando su propia batalla sin tener en cuenta a la persona que tienen en la mesa de al lado. A estas organizaciones, seguro que tanto tú como yo les puedes augurar su futuro: sobrevivir con un desempeño más o menos digno, decente, pero muy lejano de la excelencia. Otras veces, las menos, me encuentro con un director de orquesta que, más allá de las rigideces de la partitura, sabe de la importancia de contar con unos músicos talentosos, comprometidos con la grandeza de la música y conocedores de la importancia de la contribución de cada uno de ellos al resultado final de la melodía.

Como en el Bolero de Ravel, la magnificencia apoteósica del desenlace de una idea es fruto del recorrido de un equipo donde prima la colaboración, donde es importante seguir el ritmo que marca una simple caja y que cada instrumento conozca su papel mientras se deja guiar con mano amable pero firme del director de la orquesta.