Viajar a Marte o al cuarto de la plancha.

Pero contigo.

(Poema de Luis Alberto de Cuenca)

Frases como la de este poema, o el título que he puesto en este post muestran la esencia misma en la que se basan las relaciones humanas de cualquier tipo: la CONFIANZA.

Cuando confías en alguien te sientes conectado, la seguridad te embarga y no te importa a dónde vas…simplemente vas. No importa si es al fondo de un río, a marte o al prosaico cuarto de la plancha. Pero contigo.

Este vínculo tan potente y necesario para nuestro desarrollo como personas es, sin embargo, frágil e, incluso, escurridizo. Generar confianza y manterla a lo largo del tiempo es algo poco manipulable, pues depende de tantas variables que, si algún ingrediente está en una proporción no adecuada, la receta no funciona y lo que surge es justo lo contrario: la desconfianza y el rechazo.

Un bebé necesita tener la confianza de que su madre no le va a abandonar. De hecho, hasta los 2 años aproximadamente, todo lo que necesita un ser humano es confianza en su cuidador. Esa confianza en otras personas en edades tempranas se manifestará como autoconfianza según vaya pasando el tiempo. Esa persona ya adulta será capaz de volver a trasmitir confianza a los demás, creando conexiones duraderas, estables y capaces de crear más allá de uno mismo: familia, empresas, asociaciones…

Cómo otra persona nos genera confianza es algo difícil de explicar porque lo hacemos a nivel subconsciente, integrando mucha información de muchas fuentes antes de hacer una valoración. Esta difícil tarea la hacemos, sin embargo, de forma rápida (en sólo unos pocos segundos) y el resto del tiempo la dedicamos a refrendar o refutar esa primera valoración.

El lenguaje corporal, la comunicación paraverbal y, por último, lo que está diciendo la otra persona, nos hará creer o no que es confiable. El lenguaje corporal, difícil de gobernar conscientemente a todos los niveles, es el que tiene más peso en esos primeros momentos. Las personas confiables, que más confianza generan, suelen tener un lenguaje corporal abierto, sin modismos que resulten extraños y exagerados. Su cuerpo está diciendo lo que pasa por su cabeza: “así es como soy, no te estoy engañando, puedes comunicarte abiertamente, que yo haré lo mismo”.

Lo que haces habla tan algo que no me deja escuchar lo que dices. Clic para tuitear

En esa simple oración se esconde la imposibilidad de generar confianza cuando tu lenguaje corporal no acompaña a tu mensaje hablado. Podemos gritar que somos cual, o somos tal, pero nuestros actos dirán la verdad. Y esto es así ya seas una persona, una empresa, un partido político o una ONG.

Ser confiable supone mostrar los valores que dices que guían tus acciones. Supone ser transparente para que la otra persona pueda confirmar por sí misma que no hay dobleces. Supone acompañar aún cuando el camino no está claro.

Llevando la confianza al terreno del marketing, está claro desde hace mucho tiempo que las marcas se desviven por ser confiables, por crear ese vínculo mágico que hará que tu clientela evangelice tus productos y se funda con ellos. No siendo una tarea fácil a realizar, sí que es rentable una vez que se consige. Es más, es muy muy rentable. ¿Entonces por qué no se hacen los deberes adecuados para conseguirla?¿Por qué las marcas no son más transparentes?¿Por qué siguen intentando enganchar a los clientes con “gratis”o con baratijas?

¿A quién le da confianza que quieran sacarte los cuartos a la primera de cambio sin conocerte?

Como persona, me gusta la transparencia en los actos y en el lenguaje corporal. Como clienta, me gusta valorar por mí misma el producto y servicio hasta que me convenza, hasta que confíe en que esa marca me da lo que necesito mejor que los demás. No quiero vendedores de crecepelos que intentan captar mi atención con regalos de tres al cuarto, o con rebajas imposibles, o con gangas “sólo para mí”.

No regalo mi confianza, porque es algo que valoro por encima de muchas cosas. Si la quieres, demúestrame que te la mereces y yo te la daré.