Me gustan mucho las personas. Como a todo el mundo, no todas, pero sí la mayoría. Sobre todo, me gusta saber cómo y qué piensan (pensamos) del resto de las personas.

Ser capaz de verte a tí mismo y al resto de la gente a través de otras personas sería como tener un superpoder. Verías dónde flaqueas (a veces fastidia mucho) y dónde eres fuerte (eso siempre mola), pero también eliminarías un montón de sesgos que te impiden ver a otras personas como realmente son. Por supuesto, esto es imposible si no eres capaz de leer la mente. Por suerte, nadie puede hacerlo, así que lo que tenemos en nuestras manos es la capacidad de desarrollar al máximo nuestra empatía y, a la vez, formarnos sobre cómo funciona el cerebro humano.

A través de la empatía podemos acercarnos a la otra persona, a lo que piensa, a lo que siente, a lo que le preocupa, conocer sus motivaciones y sus metas. La empatía es una capacidad humana que se basa en la funcionalidad de las neuronas espejo, aquellas que se activan cuando vemos a otra persona comiéndose un bocadillo o llevándose las manos a la cara para taparse las lágrimas. Cuando estas neuronas se activan, nos vinculamos a la otra persona, y somos capaces de aproximarnos a ella. En las personas con autismo esta funcionalidad está comprometida, por ello no pueden establecer lazos con otras personas.

La empatía nos conecta con otros. Y no hay nada más esencialmente humano que la conexión entre individuos, la creación de redes de personas que hacen que dejemos nuestra individualidad y formemos parte de algo mayor que nosotros: la familia, las amistades, la red profesional, el grupo de música, un partido político…

Las redes son entidades complejas, muchísimo. Nosotros elegimos las redes en las que estamos, pero también nos influyen a nosotros y, además, cobran vida propia, funcionando más allá de los individuos que la forman. Continuamente, como persona, te debates entre mantener tu individualidad y formar parte de distintas redes. Esta dicotomía crea tensiones en nuestra propia identidad, a veces siendo difícil de diferenciar hasta dónde llegamos nosotros y hasta dónde somos parte de algo. ¿Dónde está la línea que te separa a tí como persona de tu rol de madre, jefe o colega?

El interés por simplificar lo complejo también es una cualidad humana. En parte, porque de eso también depende nuestra supervivencia. No puedes dominar lo que no entiendes, por eso nos hemos esforzado, durante generaciones, por entender nuestro entorno natural y social para poder dominar el mundo que nos rodea. Quieras o no, todos nos esforzamos continuamente por analizar redes, es nuestra forma de asegurarnos nuestra supervivencia. Es tan importante para las personas, que es uno de los fines últimos de la cultura: el trasmitir generación a generación las claves para encontrar comida, cobijo, seguridad; pero también para liderar, negociar y convencer.

La ciencia lleva mucho tiempo modelizando nuestro mundo, que no es otra cosa que simplificar lo complejo. Las redes humanas no se escapan a ese intento de modelización para poder extraer conocimiento y, así, dominarlas. El campo de conocimiento del análisis de redes, llevado al mundo social, ha avanzado mucho al respecto. Y, como no podría ser de otra manera, hoy en día está soportado por tecnología, lo que permite alcanzar límites insospechados hasta hace tan sólo unas décadas.

El análisis de redes aplicado a las ciencias sociales permite conocer más acerca del comportamiento de los seres humanos cuando estamos en grupos. Y es la dinámica de grupos la que levanta y derriba imperios, la que condiciona nuestro día a día incluso más que los recursos disponibles a nuestro alrededor.

Porque las personas somos especiales, pero los grupos me impresionan.